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nieve... ). La nieve era un espectáculo de ojos; nunca se «oía» nevar: para darse cuenta del fenómeno había que levantar la cabeza y mirar por la ventana. Con la lluvia no ocurría así. Siempre se «oía» llover; a veces, con estré– pito tan impresionante en el cerrado silencio del jardín, que cada solitario morador de las celdas conventuales te– nía que levantar del trabajo su atención y exclamar mi– rando hacia afuera: « ¡Cómo llueve!» Un día de aquel invierno, hacia mediados de diciem– bre, día bien acariciado por el sol que reinaba en el lim– pio cielo de León, se puso el P. Fidel a la ventana de su celda de cara al jardín. (Pensaba echarse luego en la ca– ma para descansar durante un breve rato, pues era la hora de la siesta). Había un total silencio en todos los ámbitos conventuales... Sólo por gozar del sol unos minu– tos se había puesto allí, sin intención de observar o con– templar fijamente cosa alguna. No había flores en las par– celitas de tierra... No había hojas en las ramas de los árboles... Aquellas ramas desnudas sentían de cuando en cuando en sus extremidades el ligero temblor de un soplo de brisa... Mirando aquello, al recuerdo del P. Fidel acu– dieron, como en sentimental evocación, unos versos de Rubén Darío : «Las ramas que se columpian hablan de las hojas secas y de las flores difuntas». ¡Flores difuntas ! ¡Hojas secas l ¡Pobres árboles aqué– llos, que ni siquiera tenían la compensación de poder otear amplios horizontes! Hacía meses ¡se habían puesto tan hermosos..., sentido tan felices con la gala de su floración primaveral! Y ahora... Tristes, desengañados, abatidos, ya sólo podrían hablar de sus hojas secas y sus flores difun– tas. ¡ Y si fueran sólo ellos! Su pobre historia se repetía en millones de otros árboles; y, más penoso aún, en in– contables criaturas humanas. El P. Fidel sabía que de aquellas sus jóvenes y de aquellos sus muchachos no eran pocos los que, por estar viviendo sus «témporas de pri– mavera», se sentían a la sazón hermosos y felices - co– mo habían sido los árboles - con su floración de espe– ranzas, de proyectos, de gracias, de ilusiones..., y se coro- 199

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