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dejar libre la vía... ¡ Se ha intensificado el temporal de nieves en toda la provincia! El puerto de Pajares, cerra– do también por ferrocarril; los trenes de Madrid a As– turias terminan su recorrido en León y de aquí empren– den el regreso. El «hullero» a Bilbao no ha podido pasar de Matallana ... Las líneas de autobuses con la zana norte de la provincia están casi todas paralizadas. Hay docenas de pueblos totalmente incomunicados... » Todo aquello pasaba, naturalmente, al cabo de más o menos días. En el cielo de León volvía a brillar pronto el sol, y la nieve iba rindiéndose ante la agradable ofen– siva de sus rayos... Sólo en las partes más altas de la provincia se defendía obstinadamente durante varias se– manas o meses enteros. Por los días de díciembre la marca del invierno ya era bien visible en el jardín conventual de San Francis– co. Una parte de él no podía recibir los rayos del sol - que se hallaba «muy bajo», según decía la gente -, ni en los más radiantes mediodías; y aquella pobre zona sin sol se veía condenada a quedarse con el manto de escar– chada blancura, que le ponían las noches de hielo, aun durante las horas en que el resto del jardín se holgaba bajo las caricias de la luz y del calor. En el comienzo de la tarde podía distinguirse sobre el suelo cuál había sido la máxima línea alcanzada por el sol en su lucha contra la helada: era una línea rectísima, verdadera y sutil fron– tera que había separado (pero por muy poco tiempo) la luz, de la sombra, el tibio revivir, del estar glacialmente aletargado. Claro que no todos los días eran de escarchas y de sol. Los había de niebla persistente; los había de lluvia, torrencial o ligera; los había de nevar suave, que parecía una caricia, y los había también de ese nevar recio que hemos dicho, cuando se desataba sobre montes y llanuras «la saña del Aquilón». Entonces, todas las zonas del jar– dín corrian igual suerte: no había porciones privilegiadas. El ver caer la nieve - y en León no nieva tanto como piensa mucha gente de fuera -, el ver caer la nieve, mansa y obstinada, en absoluto silencio, quizá al mismo ritmo durante horas, resultaba un espectáculo de serena grandeza. (Lo desagradable venía después; , ver ne– var era bonito, lo fastidioso eran las consecuencias de la 198
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