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mediar, se me salen las lágrimas... Todo trato de ofrecer– lo lo mejor que sé: por los misioneros (de allá y de aquí), a quienes quiero mucho, por los sacerdotes... - De mí no te acordarías, porque como te había dado tan gran disgusto... - Padre... Todo aquello me causó una grandísima pe– na, pero no ha habido en mi corazón resentimiento. Dios sabe por quién va ofrecido siempre lo mejor de mis po– bres cruces. Fue así la despedida: sobre la madre arrodillada y la hija enferma descendieron las palabras de la bendición sacerdotal..., que invocaba para ellas la constante asisten– cia del Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. 195

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