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gue sin faltar a ninguna reumon. El novio suele acompa– ñarla hasta la puerta del convento, y luego, a esperar muy resignadamente, por un sitio o por otro, a que la co– sa termine. Menos mal que es él muy bueno e inteligente, y se hace cargo de la situación. Creo que se va a hacer también terciario, con lo cual ganaremos otro buen ele– mento. »Bueno, niña - dijo, levantándose, el P. Fidel -, sien– to mucho dejarte, pero... - ¿No podría confesarme antes de irse? - preguntó tímidamente Josefina. - Sí, mujer, sí. Ahora mismo. La madre se retiró. La enferma empezó su confesión pausadamente... Con devoto recogimiento y la más humil– de sinceridad fue diciendo todas sus cosillas al Padre. El P. Fidel la consoló cariñosamente; pero también, con muy clara franqueza, insistió en lo que ya otras veces le había dicho: la necesidad de luchar contra aquella sensi– bilidad excesiva que tanto daño espiritual podía causarle; que no se dejara afectar demasiado por las pequeñas inci– dencias de la vida y tratara de sobreponerse animosamen– te a todas las impresiones o sentimientos que pudiesen enturbiar el mirar de su alma hacia Dios... Dura o insen– sible, nunca; pero tampoco tan delicada, que el más pe– queño roce de las cosas viniera a dejarla como flor tron– chada por el huracán. ¡ Siempre fuerte y animosa en Dios ! Para ella tenía suma importancia el llegar a conseguir tal temple de espíritu. A pesar de que él era quien estaba allí como maestro, el P. Fidel reconocía ante el Señor cuánto más que él mis– mo valía aquella criatura. Tenía detalles hermosos, confe– sados con encantadora sencillez: - Jamás cuando estoy enferma pido por mi salud, pues comprendo que mi amor a Jesús debo demostrárselo sufriendo algo por El; pero en esta ocasión fue tanto el miedo que tuve a que fuera meningitis, que pedí a la San– tísima Virgen el alivio de mis dolores... Ahora, gracias a Ella, puedo decir lo que a usted le oí cierto día: «Pasó el sufrir, pero no el mérito de haber sufrido». En esto me refiero a los dolores físicos, pues los morales crecen más y más, corno si el Señor quisiera saciarme de ellos... A veces parece que se ahoga mi pecho y sin que lo pueda re- 194

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