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ella está poco fuerte, el médico la ha obligado a guardar cama hasta que se le pase. Josefina casi no intentó sonreír ,d ver entrar al Padre. Sus grandes ojos negros, que resaltaban más en su rostro por la fina palidez que los rodeaba, tenían una expresión difícil de explicar. - Pero, Josefina, ¿cómo no me has avisado de lo que ocurría? - ¡Qué sé yo! Pensé que no podría interesarle mu– cho. Además, no esperaba que viniera a verme aunque lo supiese. En su voz armoniosa y suave había un tal acento de escondido dolor, que el P. Fidel quedó alarmado (La ma– má acababa de acercarle una silla, y pidió permiso para re– tirarse unos momentos). - Pero, dime, ¿qué es lo que te pasa? Porque no pue– des ocultar que te pasa algo. - He sufrido mucho todos estos días..., y no preci– samente por la enfermedad... ¿De verdad que a usted le importa algo Josefina? Asombrado quedó el P. Fidel con aquella salida de la joven; y más cuando vio que a sus ojos asomaba un bri– llo de lágrimas. - Vamos, habla sin reticencias. ¿Qué motivos tienes para dudar de mí? - Supongo que usted los sabe tan bien como yo. - Bueno, basta de niñerías. Habla con claridad. Y Josefina, algo titubeante al principio, fue hablándole del «golpe terrible» que había recibido unos veinte días antes. Iba ella por la calle Ancha a no sabía qué, cuando de pronto, entre la gente, le distinguió a él que venía en dirección contraria... Muy contenta se había dirigido a su encuentro para saludarle... ; y cuando estaba ya casi a su altura, con los labios abiertos para hablar... «¡parece mentira!»... él se había hecho el desentendido, mirando para otra parte, como si no la conociese o no quisiera na– da con ella. - Tuve que volverme inmediatamente a casa por el disgusto; y encerrada en mi cuarto dejé que corrieran las lágrimas... Padre, ¿qué motivos le había dado yo para que hiciese aquello? Y si no tenía ningún motivo, enton– ces... ¡ Cuántos desengaños se lleva una en la vida! Todos, 192
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