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de mno había llegado a quererla con locura. No podía aguantar la simple idea de que ella podía morirse. Y pen– saba convencido que, si aquello llegaba, tendrían que ente– rrarle con ella y metido en la misma caja. En la soledad de su celda, cuya ventana, aún abierta, a pesar del fresco que hacía, daba al silencio del jardín, ya sumido en la primera oscuridad de la noche, el P. Fidel permanecía como absorto o enajenado siguiendo el curso de sus evocaciones... Sonó en la campana conventual el toque del Angelus, y aquello le volvió a la realidad. Rezó la oración de Maria; quiso expresar a Dios su agradecimiento por haberle dado tal madre; y sintió luego la esperanza como el más suave descanso: ¡encontraría de nuevo en el cíelo los brazos de quien había sido su madre en la tierra! Que ella vivía en la eterna Patria, era cosa certísima, y con no pequeña glo– ria. Bien había merecido el cumplimiento de aquello que él - sacerdote - leía muchas veces en las misas de difun– tos : «¡Bienaventurados los que mueren en el Señor! Ha llegado para ellos, dice el Espíritu, la hora de que descan– sen de sus trabajos, y sus obras les siguen». V ¿Qué será de Josefina? Al P. Fidel le asaltó esta preocupada pregunta cuando vio pasar dos jueves seguidos sin que la muchacha hiciera acto de presencia en la reunión de las chicas. ¿Qué podía pasarle a Josefina? Anduvo preguntando..., y alguien le manifestó que llevaba algún tiempo enferma. El P. Fidel no había ido nunca a su casa; mas ahora juzgó que había motivo muy justificado para hacerle una visita a domicilio. Recibióle la madre con sinceras muestras de gran aprecio: « Verdaderamente encantada de verle por aquí; mi hija me había hablado muchas veces de usted». En seguida le hizo pasar a la habitación de la enferma. - No es cosa de importancia lo que tiene, pero como 191
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