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cuando volvía a casa por alguna obligación, tan pronto como quedaba libre, mientras el marido y los hijos «pa– saban el rato» fuera, ella subía con unos libros a la sala que había en el piso de arriba, y allí quedaba sola por un tiempo que a él le parecía interminable. Durante esos ra– tos no quería que nadie fuera a interrumpirla. El P. Fidel se acordaba de haber ido alguna vez con algún recado, y al abrir la puerta sin llamar, cosas de niño, quedar sobre– cogido y asustado al sorprenderla de rodillas en una acti– tud que a él le parecía muy «extraña», pero que le infun– día mucho respeto. Con su piedad corría parejas su caridad. Ningún pobre llamaba en vano a su puerta; cumplía generosamente con la hospitalidad, sobre todo si se trataba de algún religio– so o sacerdote; tenía suma delicadeza para todos... ¡ Cuán– tas veces había ido él de niño a llevar ocultamente alimen– tos y otras ayudas a familias del pueblo más necesitadas! Así sucedió que su muerte fue llorada por muchos, y en su entierro hicieron acto de presencia muchos pobres de la comarca, expresando su sentimiento con decir repetida– mente que se les había ido quien era la mejor madre de los pobres. Pensaba también el P. Fidel que seguramente debía a su madre la vocación religiosa, y no tan sólo por la educación que de ella había recibido... Siendo bastante pequeño, y estando un día al lado de ella en la iglesia, el señor Cura hizo el ejercicio de una novena; al llegar aquello de «me– dítese brevemente y pídase la gracia que se desea conse– guir», él preguntó bajito: ¿Qué quiere decir esto? Ella se lo explicó muy brevemente, y terminó así: «Tú pide que te concedan la gracia de ser fraile» (si le hubiera dicho {(religioso», no hubiese entendido él). Desde entonces, siem– pre que en cualquier ejercicio piadoso llegaba aquello de «la gracia que se desea conseguir», él pedía invariablemen– te la gracia de ser fraile. En esta tarde leonesa de noviembre ¡ cuántos recuerdos se agolpaban en su alma! Su madre incomparable segura– mente había concentrado en él sus últimas ternuras, pues él había sido «el pequeño», el último de ocho hijos... Le había dado también los cachetes necesarios, pues ella no dejaba pasar una; pero lo hacía de una manera tan digna, tan propia de una perfecta madre cristiana... Su corazón 190
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