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Al encontrarse solo en su celda después del regreso, se dio cuenta el P. Fidel de que seguramente en su predi– lección por el cementerio viejo de la ciudad influía no po– co el haber allí una tumba que para él «tenía mucho de particular», aunque no lo tuviese para otros. Aquella tum– ba era exactamente lo mismo que otra tumba querida, la de su madre, que se encontraba en un pequeño cementerio lejano; y contemplándola, sentía perfurnársele el alma con el recuerdo de la mujer bendita a quien debía el ser y no pocas cosas más. Poco tiempo había gozado de su tierna solicitud, pero sí lo suficiente para darse cuenta de su valía, de su excep– cional calidad corno mujer y como madre. Alta, serena, de clara y firme mirada, ejernplarísirna en todo, parecía no fal– tarle nada para ser modelo acabado de mujeres cristianas, y así lo había expresado encorniásticarnente en El Diario de León, con ocasión de su muerte, el sacerdote del pueblo. Recordaba el P. Fidel cómo años más tarde de esa muerte, con ocasión de su primera visita al pueblo acabada la ca– rrera, todavía un vecino, que no era de la familia, le decía muy espontáneamente: «En tu casa y en el pueblo se nota la falta de tu madre. ¡ Qué mujer aquella! Parecía que todo lo llenaba». El P. Fidel sólo había vivido habitualmente con ella los años de su niñez; pero ya entonces entendía sin difi– cultad la diferencia existente entre la mujer que era su madre y las demás mujeres que él conocía. A su madre no la veía nunca metida en parlerías ni en corros de veci– nas, nunca fuera de casa, sino para ir a la iglesia o cumplir con alguna forzosa obligación, siempre pendiente del ma– rido y de los hijos; era evidentísimarnente la mujer más piadosa del pueblo... Ya de mayor, se había enterado él por algunos testimonios de quienes lo habían visto, de cuánto tabía tenido que trabajar y sufrir ella para estable– cer en el pueblo el Apostolado de la Oración (del cual fue siempre activa celadora) y la práctica de la comunión fre– cuente... ¡ La de cosas que se dijeron cuando empezaron a verla ir a comulgar todos los días ! De sus recuerdos perso– nales de niño conservaba muy vivo el P. Fidel el de que ella pasaba largos ratos en oración. Los domingos, por ejem– plo, después del rosario por la tarde, al que asistía todo el pueblo, se quedaba ella no poco tiempo en la iglesia, y 189

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