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teza si tiene más de torcida que de desgraciada. En los cementerios se siente hacia ella una suave mezcla de ter– nura, de comprensión y de compasión. El curso de los pensamientos y sentires del P. Fidel se hubiera prolongado interminablemente, si no van a cor– tarlo los muchachos diciéndole que ya era tiempo de vol– ver. Por el camino, uno de ellos le preguntó: - ¿Qué le parece de este cementerio? - No está mal; y espero que con los años vaya aún mejorando mucho. Pero a mí «me decía más cosas» el viejo, el que allí por encima de la ciudad abre sus puertas a la carretera de Asturias. Yo lo encontraba más bello, más recogido, más sugerente. Parecía que el alma del León que fue había quedado remansada en su seno. »Cuando yo era estudiante de Teología aún no estaba cerrado, y todos los noviembres, aprovechando una tarde de paseo, íbamos los colegiales a hacerle alguna visita. Para mí era aquélla una de las tardes más llenas. La ine– fable impresión de la visita me duraba días enteros. Salía de ella extrañamente sereno, sanamente pensativo, no po– co confortado para seguir el difícil camino de aquella vida religiosa de estudiante capuchino, cuya monotonía de es– tudios y oración se dejaba sentir a veces con agobiante fatiga. Comprendía entonces mejor que nunca, que cuan– do fuese llegando para todos el forzoso descanso del ce– menterio, no importaría seguramente mucho el haberlo pasado en la vida mejor o peor... La verdadera realidad empezaría entonces, caídos ya los velos de las aparien– cias engañosas, y no sería la peor preparación a una di– chosa existencia fuera del tiempo el haber pasado en du– ro servicio y sacrificio la breve peregrinación de los años. - No sé cómo usted puede encontrar gusto en este pensar o tratar con los muertos. A mí la muerte no me hace ni pizca de gracia. - A mí tampoco me hace mucha; aún estoy bastante lejos de sentirla, a semejanza de nuestro Padre San Fran– cisco, como una querida «hermana». Pero los cementerios no me desagradan, casi diría que me gustan; paso en ellos ratos inolvidables, como si escuchara un extraño lenguaje que hace «sentir» lo que otras hablas no aciertan a ex– plicar. 188

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