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como último resto visible de su persona, el nombre propio, un pobre nombre que no tardaría mucho en borrarse de la memoria de los hombres, aunque siguiera grabado en la dureza de las piedras. Y el silencio gravitaba sobre todos... Y una suprema invocación de paz, la paz última y verdadera, florecía so– bre cada uno con aquellas letras misteriosas: R. l. P. Y ha– bía también para todos (aunque para algunos, desgraciada– mente, ya no sirviera de nada) un inmarchitable destello de la mejor esperanza, prendido de los brazos de las in– numerables cruces, que estaban allí como queriendo am– parar a todos los acogidos en aquel «campo santo». To– dos escucharían una mañana por venir las trompetas angélicas de la resurrección..., y entonces seria la gran discriminación de los que ahora descansaban mezclados. «Tened piedad de todos, Señor... » Casi inconsciente– mente la mano sacerdotal del P. Fidel se alzó sobre aquella vasta mies de cruces y de tumbas, trazando el signo reden– tor, y de sus labios salieron las palabras litúrgicas: «Re– quiem aeternam dona eis, Domine... Dadles, Seiior, a todos el descanso eterno, y que la luz inextinguible resplandez– ca para ellos». No sólo el estado de los muertos - tanto el aparente como el «real» a los ojos de Dios - le impresionaba en los cementerios al P. Fidel. Le conmovía también el dolor de los que quedaban, dolor reflejado de mil maneras en las inscripciones sepulcrales: «Tus padres y J1ermanos no te olvidan... Recuerdo de tu esposa e hijos... Estarás siempre viva en nuestros corazones... Tu memoria será siempre sa– grada para nosotros... » ¿Qué tragedias de dolor, qué hon– dura de sentimientos no se esconderían muchas veces de– trás de esas fórmulas sencillas y escuetas? Recordaba él cuánto le había hecho pensar una pequeña tumba del ce– menterio de Vigo, en la que, debajo de un nombre, sólo se habían escrito estas cuatro palabras alemanas: «Hier ruht eine Hoffnung» = Aquí yace una esperanza. ¿Cuánto su– pondría aquel niño para sus padres? Secretos que sólo Dios conoce. Le parecía al P. Fidel que en los camposantos no pue– den recalar los ruines sentimientos humanos. En ellos sólo puede tener vigencia lo que hay de mejor en esta pobre criatura del hombre, sobre la que nunca sabremos con cer- 187

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