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Este vivía intensamente el curso del tiempo: del tiempo que podemos llamar estacional o atmosférico y del tiempo litúrgico. Noviembre no podía sustraerse al recuerdo cris– tiano de los difuntos; por eso se fue el P. Fidel una tarde cualquiera, en compañía de algunos jóvenes terciarios, a visitar el cementerio que la ciudad de León se había dis– puesto pocos lustros antes en terrenos de Puente Castro, pueblo próximo, situado en la margen izquierda del Torío. El cementerio aquel era grande y bien acondicionado, pero el P. Fidel le sentía como falto de un no sabía qué, un algo que seguramente sólo el paso del tiempo y el con– tinuado uso de los hombres podrían dar. Hasta sus cipre– ses eran aún demasiado pequeños para otear los horizon– tes por encima de las blancas tapias. Era un camposanto con poca intimidad y demasiada luz. Una vez en él, el P. Fidel y sus acompañantes entraron en la capilla para rezar algo por todos los fieles difuntos allí enterrados, más particularmente por sus propios fami– liares. Luego el grupito se dispersó. El P. Fidel dijo que iba a dar, solo, unas vueltas por allí... Le gustaba mucho andar vagando silenciosamente por entre las tumbas..., le– yendo nombres y años de vida, meditando epitafios (a veces conmovedores en su laconismo), contemplando las figuras de mármol, o los crisantemos marchitos sobre las losas... Ni él mismo hubiese podido explicar lo que sentía en tales ratos. Le parecía encontrarse en un remanso intem– poral de bendita calma, casi en el vestíbulo de lo eterno, a inmensa distancia de las agitaciones de los hombres, de las apreturas del tiempo... Paz, sosiego, serenidad, silencio, re– poso... : el único lugar humano donde se ha triunfado sobre la prisa, gran tirana del hombre. Podían mirarse tumbas y más tumbas: en todas ellas, unas palabras demostra– tivas de que se estaba en pleno reino de la quietud: «Aquí yace... Aquí yacen... Descansó en el Señor... Des– canse en paz». ¡ Todos yaciendo l ¡ Todos descansando l i Ni posibilidad de agitación para nadie! Y cada uno había llegado a aquella final quietud, después de un largo o corto camino de años, llevando en una misteriosa alforja de viaje la más extraña colección de acciones rui– nes o valiosas, de experiencias placenteras y amargas. Y allí estaban todos (ya en obligado descanso), rendidos y es– condidos en sus agujeros, aireando a lo sumo ante la luz, 186

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