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- Dios concede alguna vez tales pruebas, en aten– ción a nuestra debilidad; pero le agrada bastante más e! vernos asentados en la pura fe. «Porque me Itas visto, To– más, ya crees - dijo Jesús al apóstol «incrédulo» -. ¡ Bienaventurados aquellos que creen sin haber visto!» (Jn., XX, 29). »¡ Hay que animarse, chicas! Y aunque no veamos el fruto de nuestro esfuerzo, crearnos y esperemos. Semillas de bien que esparce la oración y riega el sacrificio, no pue– den permanecer infecundas. Aquel que gobierna la brisa o el viento en el mundo físico para llevar a donde conviene el polen de las flores y los gérmenes de las hierbas, hará también que las influencias divinas de vuestro oculto apos– tolado vayan a remediar necesidades de almas, que sólo El conoce. Ellas y vosotras os ignoraréis mutuamente, qui– zá durante toda la vida; ni vosotras sabréis a quiénes es– táis ayudando por la misericordia de Dios, ni ellas tendrán noticia de a quiénes deben sus beneficios espirituales, los mayores que una criatura puede recibir... »Pero ya llegará el día de la luz, el día de la justicia, el dia en que cada uno reciba aquello que le corresponde. Y entonces verán todas las generaciones humanas congre– gadas ante el Tribuna] de Cristo, que, por ejemplo, estos y los otros infieles, cuya conversión se atribuía a tal o cual misionero, de hecho han debido principalmente su sal– vación a aquella joven terciaria leonesa que, sencilla, mo– desta, amable, pasó por el mundo sin llamar la atención, pero amando muy de veras a Jesús e inmolándose a sí misma en oración y sacrificio por las almas; verán todos que si tales pecadores se convirtieron, y tal corazón se con– servó inocente, y tal persona entró por el camino de la perfección, no fue tanto por la actividad de este párroco o el celo de aquel religioso, cuanto por la acción misteriosa de almas escondidas a la atención de los hombres y muy de veras entregadas a Dios. Tales almas serán entonces maravillosamente glorificadas en presencia de ángeles y hombres..., y durante toda la eternidad sentirán el inde– cible agradecimiento, la hondísima ternura de quienes ¡por ellas ! (después de Dios) se encuentran allí en la inmortal bienaventuranza. »Me parece - concluyó el P. Fidel - que las perspec– ~ivas que os abre el espíritu de fe son maravillosas. Aquí 184
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