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- Y ¿cual es la razón última de todo esto? - Quizá la verdadera razón última de todo esto sea que Dios lo ha querido así. En cuanto a su explicación teo– lógica, hay que tener presentes varios puntos fundamenta– les, no fáciles de resumir en forma cabal. »Hacer bien a un alma en orden a la vida eterna es obra sobrenatural, y todo lo sobrenatural está fuera del alcance de las fuerzas simplemente humanas, porque entre el orden natural y sobrenatural se da una desproporción esencial o entitativa. »En el mundo de sobrenaturaleza, nosotros todos, con todas nuestras cualidades y acciones naturales, somos co– mo una colección de redondos ceros; y así como los ceros aritméticos, sólo añadidos, juntados, conectados con uni– dades tienen verdadero valor, así también nosotros, sólo unidos a Dios y elevados por su gracia podemos ser o hacer algo en orden a la vida eterna. Todos los trabajos materiales del más incansable apóstol son absolutamente incapaces por sí mismos de mejorar a una sola alma: el último reducto de la voluntad sólo Dios puede forzarlo, y aunque es cierto que El ha querido que nosotros pongamos nuestro esfuerzo y colaboración en su obra salvadora, es cierto también que se ha reservado a Sí mismo la conce– sión del fruto espiritual, otorgándolo no en atención a los afanes de quienes trabajan, sino movido por el amor supli– cante de quienes a El solo buscan. «Ni el que planta ni el que riega son verdaderamente importantes, sino Dios, que es quien da el crecimiento» (I Cor., III, 7). "Y a veis cómo una cualquiera de vosotras, con sus oraciones y sus quehaceres santificados, puede tener tanta parte en el bien de la Iglesia, en el mejoramiento de las almas, en la conversión de infieles y pecadores, como el más celoso sacerdote o misionero. · Intervino una de las asistentes: - Todo eso será verdad; pero como no se ve nada, una termina por cansarse o desanimarse... ¿Quién puede asegurarnos de que, efectivamente, se está haciendo algo, y no perdiendo hermosamente el tiempo? - La fe. - ¡ La fe ... ! Cuesta mucho vivir sólo de fe. ¡Si tuvié- ramos de cuando en cuando alguna prueba tangible de to– do eso que creemos! Nos sentiríamos más animosos. 183

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