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»Pero más elocuente nos ha de resultar el mismo ejem– plo de Jesús. El, Hijo de Dios, Sabiduría increada, Media– dor entre el Padre y las criaturas racionales que venía a salvar, empleó apenas tres años en las actividades «pro– pias de su ministerio». ¿Qué hizo en los restantes y pre– cedentes treinta años de su vida? ¿Fueron acaso perdidos para su gran misión redentora? ¡ De ningún modo! A tal misión estuvo siempre dedicado de lleno. Los treinta años «perdidos» de Nazaret fueron tan maravillosamente efica– ces como los tres de evangelización a las multitudes. Las oraciones y sacrificios de su vida oculta nos fueron tan beneficiosos como las palabras y milagros y acciones de su vida pública. Quiso enseñarnos que para salvar las al– mas y promover el reino de Dios, hay algo más fundamen– tal y decisivo que la acción externa; quiso advertimos de que es una equivocación el dar a ésta primordial importan– cia; quiso ponernos en guardia contra la probable actitud de creernos inútiles si no podíamos «trabajar» en cosas que se vean. Y como sabía que iba a costamos mucho aprender su lección, se dedicó a explicárnosla bien con su ejemplo de treinta años: casi toda su vida. - Es muy consolador todo esto para quienes tenemos que llevar una vida sencilla y monótona. - Muy consolador, ciertamente. Y nos resultará aún más consolador y hermoso, si nos detenemos a considerar cuán esplendorosamente resplandece esto mismo en la Vir– gen Madre de Dios. La pura criatura que más ha influido en los destinos de las almas llevó constantemente una vida de oscura vulgaridad; vulgaridad sólo aparente, bien lo sabemos, pero que nos dice muy alto cómo no son las circunstancias externas las que hacen que una existencia sea fecunda o estéril. Con su orar y su sufrir sirvió Ella mejor a la causa de Dios, que todos los apóstoles juntos eon sus ingentes fatigas y trabajos. - Entonces - saltó una de las jóvenes -, no hay que preocuparse mucho de hacer apostolado... Basta con rezar y ofrecer a Dios nuestras pequeñas cosas de cada día. No sé para qué nos hablan tanto de que hay que trabajar, co– operar..., que hay que ser apóstoles, que no basta con ser buenos para nosotros mismos... El P. Fidel la dejó tranquilamente hablar. Cuando hubo terminado, prosiguió él: 180
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