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lecciones recibidas sobre la santificación de la vida ordi– naria, y de día en día se la veía avanzar por los caminos de Dios. A Consuelito le interesaba, sobre todo, aquello que ha– bía oído sobre la eficacia apóstolica del vivir de cada día llevado según la divina voluntad. Lo otro, lo de influir de veras en los destinos temporales del mundo, sobre lo que había preguntado María de la Gracia, no estaba mal, pe– ro le parecía menos importante. Sin haber estudiado Teo– logía, su sentido de las cosas de la fe le decía que salvar o santificar a un alma era de mayor importancia que la si– tuación política de los pueblos (No había pensado nunca que también esta situación influye poderosamente en la suerte eterna de muchas almas; y no tenía por qué pen– sarlo, pues a ella no se le ofrecía otra manera de cooperar a la buena situación de la patria que la de un ejemplar comportamiento en todo). - Pero, Padre, ¿es de veras cierto que podemos hacer tanto por las almas... sólo con nuestras oraciones y sacri– ficios de cada día? - De veras, de veras cierto - replicó con firmeza el P. Fidel. »No puedes admitir dudas en este punto. ¿Qué dice la fe? ¿Qué nos enseña la teología? Nos dicen y enseñan que la Redención de los hombres se llevó a cabo por la inmolación sangrienta de Jesucristo, y toda «inmolación» está hecha de un ofrecerse a Dios (oración) y de una acep– tación amorosa del sufrir (sacrificio); nos dicen y ense– ñan que los frut9s de la Redención, efectuada de una vez para siempre por Jesús, se van aplicando a las almas día tras días en forma de « gracias» que Dios concede, pero que tales gracias, de ordinario, no las concede Dios, sino movido por los sacrificios y oraciones de almas amigas suyas que cuidan de asociarse, en su pequeñez, a la gran inmolación del Redentor universal. Misterioso y significa– tivo es aquel texto de San Pablo en su carta a los Colosen– ses (I, 24): «Me alegro de mi sufrir por vosotros, y suplo así en mi carne lo que resta a los padecimientos de Cris– to en pro de su cuerpo que es la Iglesia». Y significativo es también aquel otro de Santiago el Menor (V, 16): «Rogad unos por otros, para que os salvéis; pues mucho es lo que puede la oración fervorosa del justo». 179

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