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explicación a nuestra pobrecita luz natural. ¿No sabes el caso de cierto aldeano vasco?... Se celebraba reunión fa– miliar después de una terrible desgracia que había llena– do de dolor y preocupaciones a un hogar hasta entonces dichoso; alguien trató de aliviar un poco el ambiente, di– ciendo palabras de conformidad cristiana: «había que re– signarse y confiar en Dios... porque El no nos abandona nunca, y sabe bien lo que hace... » - «Sí, sí - intervino entonces el aldeano, con la mayor seriedad - ; lo que ha– se, saber Dios bien; pero ¡hase a veces cada estropisio!» »Aquel hombre tenía una gran fe, y hablaba con la mayor simplicidad, sin darse cuenta de lo irreverente que pudiera resultar su comentario. Expresaba sin miramiento lo desconcertados, lo aturdidos que muchas veces nos dejan las «disposiciones» o «permisiones» de Dios. Pero nosotros hemos de creer en El con toda el alma, esperar sin titu– beantes reservas..., aunque el creer y el esperar resulten, en ocasiones, extraordinariamente difíciles. ¡Tanto más meritorios l Dios tiene derecho a probarnos (y también a castigarnos), pero siempre será absolutamente verdadero que El sabe lo que hace, que El nos ama, y que nunca abandona a quienes de El se fían. »Hay «cosas de Dios» que con el tiempo se van acla– rando, hasta hacerse quizá plenamente inteligibles; mas las hay también que continúan tan oscuras durante siglos y milenios. Descansemos en su amorosa Providencia, aun– que no entendamos sus caminos. Esto no es una postura irracional, sino la más sensata actitud del hombre frente a los acontecimientos que no dependen de él. »La dificultad que tú has puesto merecería mucho más de atención y estudio, porque en el fondo se trata de esa eterna cuestión de la existencia del mal, cuestión que ha preocupado a todas las cabezas pensadoras desde los tiem– pos más remotos. Pero yo no me detengo ahora en ella, porque se sale del marco que hemos señalado para este nuestro coloquio de hoy. Quizá otro día volvamos más a fundo sobre la misma. Consuelito se levantó entonces. El P. Fidel sentía un progresivo afecto hacia aquella muchacha morena, que no era precisamente brillante, pero tenía firmeza de ca– rácter, generosidad y tesón en el esfuerzo. Era de lo mejor de la Juventud. Había ido asimilando muy bien todas las 178

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