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portantes. Pueden hacer no pocas cosas, indudablemente, ¡ que para algo les dotó Dios de poder y libertad! ; pero no tanto como ellos se piensan a veces. Los pasajeros de un transatlántico pueden pasear, dormir, subir o bajar, moverse en cualquier dirección, reñir unos con otros... ; lo que no pueden hacer es cambiar el rumbo del barco; y con el barco van ellos al punto de destino que tiene se– ñalado el capitán. Dios es el infalible capitán del navío de la Historia y los hombres que van dentro, con notable facultad para alborotar o ser buenos, nunca podrán tanto que lleguen a impedir el cumplimiento de los supremos designios de Dios. Podrán hacerse más penoso el viaje por su culpa, ser causa de muchas privaciones y sufrimientos, amargarse mutuamente los días de navegación, pero estor– bar sustancialmente la marcha de las cosas, de ninguna manera. Nunca podrá suceder nada que Dios no disponga, o cuando menos permita, según los inescnitables planes de su altísima sabiduría. »Pues si Dios es quien de veras tiene en su mano los destinos de los pueblos, ¿qué duda cabe de que, más que las conferencias y disposiciones de estadistas y gobernan– tes, han de influir en el mejoramiento de las cosas huma– nas las escondidas oraciones y sacrificios de las almas en quienes puede complacerse su Divina Majestad? Re– •Cordad el tan conocido caso del Patriarca Abrahán: si Dios hubiese encontrado un puñado de justos en Sodoma y Gomorra, hubiera perdonado por amor de ellos a aque– Ilas ciudades espantosamente culpables. Y ¡ cuántos ejem– plos podría añadir de los Santos de nuestros tiempos cris– tianos, y eso que de estas cosas siempre sabemos muchí– simo menos de lo que Dios nos oculta ! Un hermano lego nuestro, el Bto. Francisco de Camporroso, inmolando su vida el año 1866, salvó a su querida ciudad de Génova de una terrible epidemia de peste. ¡Dichosa la nación que cuente con muchas almas santas! Santa Margarita María Alacoque, en unas visiones que tuvo en 1683, oyó que el Señor le decía: « Un alma justa puede conseguir el per– dón de mil criminales». »Pero no sólo tratándose de santos... »Daniel O'Connell, el gran orador civil que tanto hizo por la libertad de su querida Irlanda, aplastada por la opresión inglesa, decía alguna vez a sus amigos : «En la 176
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