BCCCAP00000000000000000000393

por allí, soy entre ellos como una mna más, y juego al corro, y palmoteo y animo los cantos... »En fin, Padre, no deje de seguir rogando por su pobre Azucena». ¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo olvidar a aquella admira– ble criatura, que tan bellamente trataba de ser «Testigo» y «Apóstol» de Dios en medio de pobres almas casi del todo abandonadas? Ella sí que iba cumpliendo bien todas aquellas cosas que el P. Fidel procuraba enseñar a quienes se movían en su derredor. ¡Que Dios la bendijese con las bendicio– nes más cumplidas ! I II Las reuniones o círculos de las jóvenes seguían se– mana tras semana su curso regular. En su empeño de dar a las asistentes un sentido cris– tiano de la' vida lo más acabado posible, el P. Fidel había venido tratando durante casi todo el mes de octubre de la santificación del quehacer de cada día, que es «la más difí– cil, necesaria y bella tarea a qué se puede entregar un al– ma». Sus explicaciones de ahora estaban en la misma lí– nea de sus lecciones del medio curso anterior; eran su obligado desarrollo y c9mplemento. Si se está en 1a vida, no para pasarlo mejor o peor, sino para cumplir la misión que Dios tenga señalada a cada uno, para ir haciendo to– do el bien posible, según las circunstancias y los medios, evidentemente lo decisivo en la vida de cada uno, para que ésta sea un éxito de verdad a los ojos de Dios, es aprender a elevar, a santificar, el curso cotidiano del vivir. El P. Fidel había ponderado mucho la necesidad, la sobrenatural belleza y la eficacia apostólica de dicha ta– rea..., asegurándoles que con la oración, un callado espí– ritu de sacrificio y el trabajo santificado de cada día no sólo podrían ser ellas mismas unas cristianas, aunque des– conocidas, verdaderamente heroicas, sino que influirían 174

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz