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ban correteando por allí, me hice la valiente y me acer– qué a ellos. Fue como si una lucecita sobrenatural brilla– se de pronto en mi alma... Se abrió el corro de los ma– yores, y se estrechó en torno el de los niños. Me saluda– ron respetuosamente, algo cohibidos, y cesaron en sus charlas y risas. Para que renaciese el buen humor, yo charlé risueña con ellos; y al cabo de un rato, como quien no quiere la cosa, les invité a ir conmigo a la iglesia y rezar el rosario, «ya que estábamos precisamente en el mes de tan hermosa devoción mariana». Se quedaron un momento parados, mirándose sorprendidos e indecisos... Al fin, dijo uno: «Aquí no lo hay nunca, señorita». - «No importa; si vosotros queréis, de ahora en adelante sí lo habrá. Yo se lo díré al señor Cura». »Y echamos a andar... No tardamos mucho en llegar a casa del señor Cura. El nos vio por la ventana, y debió de quedar muy sorprendido; pero su sorpresa llegó al colmo cuando le enteramos de nuestros deseos... Repli– có que no podía ser, porque él tenía que hacer aún no sé qué rezos, y... Le atajé respetuosamente diciéndole con gran naturalidad: «Le comprendo, señor Cura; pero no se preocupe usted, que nosotros podemos arreglarnos so– los. Usted denos su permiso y las llaves de la iglesia, lo demás déjelo a mi cargo, si no le parece mal». »- Bueno... Sí... Pero..., ¿cómo ha conseguido traer– los a todos? »- ¡Qué sé yo! Quizá no sea tan difícil... »El éxito no duró sólo aquel día. Hemos venido re– zando el rosario en la iglesia todos los domingos del mes de octubre; y últimamente ya eran ellos, los jóvenes del pueblo, quienes me llamaban para ir. Yo pensaba que la cosa seguiría así para siempre. Pero... »Un día, al concluir nuestros rezos, el sacristán nos dijo secamente: «Esto se acabó. La iglesia no volverá a abrirse ningún domingo por la tarde». Nos quedamos de una pieza, pero comprendimos que era inútil tratar de obtener explicaciones. No quiero pensar en el asunto, por– que me vienen pensamientos muy tristes, pues me cuesta creer que la orden de «cierre» fuese cosa exclusivamente del sacristán. Pero, Señor, ¿tanta molestia causábamos, o tanto nos metíamos en el gobierno de la parroquia, con que los domingos fuéramos en gmpo a rezar a la Virgen? 172
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