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I. N. P., tan buenazo y alegre como fiel cumplidor de sus obligaciones, y que pertenecía a la A. C.; el ya conocido Fernando Gordón Vázquez... A todos ellos se vino a jun– tar pocos días después uno que no necesitaba tomar el hábito: Tiburcio Dato Gómez. El P. Fidel no le conocía, pero era terciario de antes; había estado con la División Azul en el frente de Rusia, y de allí había regresado en la última expedición. Los primeros meses después de su re– greso no se acordó mucho de la Orden Tercera... ; pero luego había empezadcl a oir hablar de ciertas novedades que había por S. Francisco, y se decidió a dar una vuelta por allí... El P. Fidel le acogió muy gozoso: era un mucha– cho bien plantado, y prometía ser buen elemento. Con estos recién llegados, unidos a Martín Bosque y unos cuantos más de los primeros, empezó a sentirse más optimista el P. Fidel, creyendo que se podía ya pensar en lwcer algo... Lo difícil era acertar qué. Sin local, sin me– dios (y sin dinero para procurárselo), teniendo que vivir medio clandestinamente (pues por tratarse sólo de un pro– yecto, aún no existía autorización alguna por parte de los Superiores para que funcionase una Juventud Francisca– na), era más que difícil ponerse a empresa ninguna que tuviese garantías de buen resultado. Mas como la ilusión y el afán de hacer algo que valiese la pena eran muy fuer– tes en el P. Peñacorada, éste se mantenía optimista, espe– rando que por alguna parte surgiera una buena ocasión, confiando en que el Señor les haría encontrar alguna fe. liz oportunidad. Mientras tanto, a ligar cada vez más la vida de los muchachos con todo aquello de S. Francisco y a imbuir– los vigorosamente el generoso espíritu que a él mismo le animaba. II Azucena, la maestrita que sembraba ilusionadamen– te papelitos apostólicos, había logrado brillante pun– tuación en unas recientes oposiciones. Ya tenía escuela en propiedad. Pero ¡ qué escuela le había caído ! En parte por 169

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