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poco después de hacerse cargo efectivo de la V. O. T. el P. Fidel, el movimiento de ingresos en ella había empezado a ser de veras notable, siempre «in crescendo» (y eso que en ciertos sectores piadosos estaba afianzada la creen– cia de que era una «cofradía» sólo a propósito para gente mayor y muy seria). Hubo que empezar a tener un mes sí y otro no tomas de hábito, y no se trataba de cinco o seis postulantes cada vez, sino de grupos numerosos, co– mo de veinticinco a treinta. Con el número había ido cre– ciendo también la solemnidad de la ceremonia. Se tenía los cuartos domingos de mes, media hora antes de la so– lemne función de la tarde (para no alargar pesadamente esta última), cuando ya la iglesia estaba bien de gente, pues se había aconsejado a los postulantes que invitaran a familiares y amigos. Poco antes del acto, el mismo P. Fidel, con la ayuda del sacristán o de algún muchacho, ponía a lo largo del comulgatorio los reclinatorios y bancos suficientes según el número de los que iban a vestir el hábito, para que és– tos, después de la ceremonia, quedaran allí, en distinguido puesto de honor, a la vista de todos, durante la solemne función de la Hermandad. La ceremonia de la vestición se hacía cantada, y con todo el decoro y solemnidad posibles, a fin de que produjera en los interesados una impresión difícilmente borrable. Se hacía todo lo posible por susci– tar en el alma de los «nuevos» la honda impresión de que el acto realizado había de tener suma importancia en su vivir y de que entraban a formar parte de una gran fami– lia. En casi todas las tomas de hábito habidas hasta en– tonces se notaba una clara mayoría de chicas jóvenes. Pe– ro no había faltado nunca su correspondiente grupo de personas mayores, especialmente de mujeres, y de cuando en cuando algún muchacho. En la celebrada durante la novena de S. Francisco fueron varios los chicos que se recibieron. Al P. Fidel le causaron muy buena impresión: un funcionario de Correos, muy formal (que se había de– cidido a «entrar», por las cosas de la V. O. T. que venía viendo en la iglesia, no por influencia de alguien, pues no trataba a ningún terciario); un empleado de oficina co– mercial, pequeño, moreno, trabajador e inteligente, que ya tenía varias hermanas en la Orden; otro oficinista, ctel 168
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