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bien curtidas, que tenían ya a aquellas alturas de septiem– bre los primeros toques amarillentos, poco inquietantes aún, de la inminente otoñada. Por las anchas tierras de los viñedos se veían bastante más hojas amarillas, y a los pámpanos, casi enteramente limpios de sus racimos. ¡Todo lo dan estas generosas plantas de la vid! Los raci– mos, al hombre: las hojas, al viento. Primeras casas del pueblo de La Virgen del Camino. modernas y hermosas, de cemento - buen ma– « masivo» para nuestra época de «masas» - o del fuerte ladrillo de la tierra. Otras, con el aire de humildad que dan los pardos adobes... En casi todas, tiestos de ge– ranios por los balcones y ventanas. Al fin, el santuario; grave y recogido; ofreciendo sus amplios pórticos para un breve descanso; atrayendo en seguida hacia el interior para que el alma hable allí su lenguaje, hecho de silencios, de sentires, de suspiros..., ante la Madre y el Hijo que todo lo entienden y lo com– prenden todo. Sin hacer apenas ruido entraron el P. Fidel y su com– pañero. Y se fueron hacia adelante, lo más cerca de la Virgen... ¡Qué devoción inspiraba aquella imagen! Tal vez la habían puesto demasiada ropa encima; pero la expre– sión de su rostro... ¡Estaba en el punto culminante de un sublime dolor: llorando la muerte del Hijo! Y el Hijo, lastimosamente caído sobre sus rodillas, estropeado por todo lo que le habían hecho hasta acabar con El. Segu– ramente en ningún otro santuario suyo podría repetir la Virgen con tanta propiedad como aquí: «O vos omnes... ¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino: dete– neos, volveos hacia mí, y ved si hay dolor comparable a mi dolor... ! Mi rostro se ha hinchado a causa del llanto, y mis párpados ya no me dejan ver»... Contemplándola de hito en hito, el P. Fidel sintió venírsele al recuerdo con extraña unción y propiedad aquello de Jeremías que la Liturgia aplica a la Virgen Dolorosa en su «oficio» del 15 de septiembre: «¿A quién te asemejaré, con quién podré compararte, oh Hija de Jerusalén? ¿Cómo yo te podría consolar, Virgen hija de Sión? Grande es como el mar tu mnargura». «Regina martyrum, ora pro nobis». Aquella Virgen era bien a propósito para reinar sobre unas tierras austeras y duras, para recibir el amor y cul- 164
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