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bre ermita donde según la tradición habían tenido lugar las apariciones de la Virgen. Durante bastantes años un ciego fue quien dirigió aquel Vía-crucis, rezando y cantando con voz doliente, monótona, cargada de devoción. Ningún año faltaba al Santuario del Camino, durante la novena de la Virgen, la visita de los estudiantes teólogos capuchinos de León. Casi siempre era en jueves, aprove– chando la ocasión del acostumbrado paseo semanal fuera del convento. Salían de casa a primera hora de la tarde, después de rezar en el coro Vísperas y Completas; reco– rrían a buen paso el largo trayecto, y llegaban al santua– rio casi a la hora justa de empezar el acto principal de la novena. Durante él cantaban desde el coro varias piezas muy bien escogidas y ejecutadas, y cuando la gente em– pezaba a salir, ellos bajaban hacia el presbiterio y se arro– dillaban allí en torno a la milagrosa imagen de la Virgen. Se la miraba, se le rezaba... Luego, un silencioso desfilar hacia el camarín para ir besando por detrás el manto de la Madre Dolorosa... Y por la sacristía, cmioseando de paso los innumerables exvotos que llenaban algunas es– tancias, a la calle: a entretenerse un poco por allí, y vuelta a casa, .carretera abajo. El P. Fidel recordaba con grata nostalgia sus visitas de estudiante a la Virgen del Camino. ¡ Le sonaba tan bien aquello de «Reina, León te llama de sus tierras... Madre, León te llama de sus hijos... »! Verdaderamente conmovido y devoto se sentía entonces ante la Madre que tanto sabía de amar y sufrir, con el Hijo martirizado y muerto en sus brazos: «Hundida en el pecho durísima espada, llorando la muerte del Hijo te vi». Aquellos años habían pasado para no volver. Ahora sus afanes eran otros, aunque no muy otros sus sentimientos. Entonces, casi su única perspectiva y su preocupación para los inacabables meses que se le ponían delante con el nuevo curso (que empezaba en septiembre) eran los libros, los estudios. Ahora, las luchas del apostolado habían pasado a un plano de primerísimo orden; y era precisamente aquel mes de septiembre, su primer mes de septiembre en León con las almas ocupando el lugar de los libros. Por eso, así como antes en su visita septembrina a la Virgen le 162
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