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El mismo caso personal de Jesús le pareció entonces al Padre Fidel estupendamente aleccionador. Muchos contem– poráneos suyos ¿no terminarían considerándole como un pobre fracasado? Las muchedumbres van siguiendo con entusiasmo al Profeta de Nazaret mientras esperan de El grandes cosas materiales: la restauración temporal de Is– rael, la curación segura de sus muchas enfermedades, pan abundante y milagroso para sustentarse sin esfuerzo... Pe– ro cuando El trata de acabar con tales esperanzas o ilu– siones, viene una progresiva desbandada. En virtud de su maravilloso «hacer y ensefiar», logra el Divino Maestro un número, no muy lucido, de más asiduos seguidores; pe– ro aun de éstos fallan muchos cuando viene la pnieba del discurso eucarístico en Cafarnaúm. Finalmente, al produ– cirse «la hora del poder de las tinieblas», multitudes y dis– cípulos desaparecen tan por completo, que le dejan a El terriblemente solo frente al martirio y la muerte. ¿No po– dría decirse que había sido un infeliz fracasado? Pero El había venido a sembrar y a inmolarse, y la semilla que arrojó en el mundo, y que tan poco fecunda parecía, ¡va– ya cosecha de frutos sazonados que ha ido dando después ! «Por consiguiente, ¡adelante!» se dijo el P. Fidel de Peñacorada. «Vamos a cumplir con nuestro trabajo». «.•• Las manos a la mancera, y los labios, a cantar: que es hora de comenzar, corazón, la sementera». (Pemán). IV Los últimos días de septiembre eran los de la segunda y devotísirna novena a la Virgen del Camino, ésta en su mismo santuario, a unos seis kilómetros de la capital, so– bre una altiplanicie bien oreada por todos los vientos, a la vera del viejo «camino de Santiago» (de donde le venía el título a la Señora), convertido ya en moderna carretera de Galicia. Esta segunda novena, siguiendo una respetable tradi– ción, era predicada siempre por un Padre Capuchino, y si- 160
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