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Lo mejor que pudo hacer e hizo el P. Fidel fue llevar muy de veras a Dios un asunto que ni él ni quienes le ro– deaban sabían cómo encauzarlo con seguro acierto. Siempre el P. Fidel se había esforzado por obrar con recta intención, aunque luego fuese descubriendo muchí– simas imperfecciones, es decir, mucho de humano, en sus obras. Le agradaban, naturalmente, las alabanzas, y le fas– tidiaban las críticas; aspiraba a tener éxito en sus empre– sas; no era insensible a que se tuviera alta opinión de su valía... ; pero deliberadamente no andaba detrás de esas cosas «tan humanas». Buscaba sinceramente a Dios. Siem– pre le había hecho bastante impresión aquella queja de San Pablo (Fil., II, 21): «Todos buscan sus propios intere– ses, no los de Jesucristo». Por eso, con plena advertencia, sólo quería promover los intereses de Dios, no sus propias satisfacciones. Desde tiempo atrás venía con la costumbre de rectificar de cuando en cuando la dirección de sus acti– vidades diciendo en algún rato de oración: «Señor, para Ti el amor y la gloria; para mí, el trabajo y el olvido». Lo cual no impedía que luego, en la práctica cotidiana, tan ideal aspiración del mejor espíritu quedase bastante apagada entre incontables miserias. Cierta tarde de fines de septiembre, en su acostumbra– da visita al Santísimo Sacramento, le vino con gran fuerza a la mente la preocupación aquella por la Juventud Mas– culina de la V. O. T., y con toda su alma se la puso al Se– ñor delante... Puesto que él, al menos en lo sustancial, quería sólo promover sus divinos intereses, ¿por qué no miraba bondadosamente aquellos afanes suyos que tan– to le fatigaban? ¿Por qué no les concedía la bendición del éxito? Como si fuera una divina respuesta, le vino a las mien– tes al cabo de pocos minutos una mezcla confusa de pala– bras que Jesús había dicho a los Apóstoles cuando el epi– sodio de la Samaritana, y que no lograba poner bien en claro... Se fue derecho a la celda, y tomó del estante el libro de los Evangelios; allí, en el capítulo IV de San Juan, estaba lo que quería: «¿No decís vosotros que aún faltan cuatro meses para la recolección? Pues yo os digo: Le– vantad los ojos y mirad los campos: ya están amarillean– do para la siega. El que siega, recibe ciertamente su sala– rio y recoge fruto para la vida eterna, mas deben alegrar- 158
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