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y con sus respuestas proporcionaron a! Padre en más de una ocasión enseñanzas muy útiles (y no sólo de psicolo– gía femenina), que a él nunca se le habían ocurrido, ni ha– bía encontrado en sus numerosas lecturas. El grupo que seguía llevando una vida lánguida era el de los muchachos. El P. Fidel no sabía cómo acrecentar y vigorizar aquello. Dos o tres de los de la primera hora, de los «del nogal», no habían vuelto después del verano. Al P. Fidel no le extrañó demasiado aquella defección; casi la encontró bien, porque no podía sentir interés alguno en coleccionar inútiles, y ya había comprobado en los meses transcurridos, que varios de los primeros «llamados» no podrían contarse nunca entre los verdaderamente «es– cogidos», pues apenas valían para nada. Podía decirse in– cluso: «¡Casi mejor que no vuelvan!» Pero este desahogo, que nunca salió de sus labios, no alcanzaba a quitarle el sentimiento de su deserción (pues había llegado a querer– los), ni le traía solución alguna para lo que tanto le preo– cupaba. Se consumía de impaciencia por ver en torno su– yo una gran juventud, una muchachada tan ejemplar, em– prendedora y eficiente como numerosa, y tal juventud o muchachada no llevaba camino de lograrse... Casi no era más que una pobre ilusión suya, algo que no acababa de salir del mundo irreal de lo meramente posible. Señor, ¿no habría manera de conseguir aquel grupo numeroso de jóvenes con que soñaba? ¿Sería de hecho tan imposible el alumbrar muchachos no mal dotados por la naturaleza y, además, con sentido cristiano de la vida, con verdadero entusiasmo para los más altos ideales? Hablaba con unos y con otros..., y comprendía las ex– plicaciones que le daban: que unos estaban estudiando fuera de León, en diversas carreras de tipo universitario; otros, cumpliendo el servicio militar; muchos, luchando agotadoramente por el pan de cada día (pues «la vida es– taba imposible») y con más ganas de descansar y divertir– se al concluir su trabajo, que de meterse en nuevas acti– vidades; otros, solicitados por los mil atractivos de una vida fácil y «alegre», y, en fin, que «los mejores elemen– tos», los de buena voluntad, estaban ya acaparados por otras asociaciones de carácter patriótico o religioso. ¿Habría que renunciar definitivamente a toda espe– ranza? 157

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