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y María Araceli entró a formar parte del Discretorio (es decir, del grupo dirigente de la Orden Tercera) como Se– cretaria para la Sección Juvenil, que era cada mes más numerosa. El nombramiento cayó muy bien, pues su buen carácter, su virtud y su fina educación le tenían conquis– tado el aprecio de todas. Cierto jueves de septiembre, medio bromeando con ella poco antes de la reunión de las chicas, le dijo el P. Fidel; «¿Qué, seguiremos teniendo Secretaria para mucho tiempo?» - ¿Por qué me lo dice? - replicó ella sorprendida y no poco colorada. - Porque tal vez tus «deberes amorosos» no te dejen cumplir bien con las obligaciones del cargo. - Descuide, que ya sacaré yo tiempo para todo. - Sí, pero ¿la asidua asistencia a estas reuniones o círculos de estudio... ? Tú no puedes faltar por razón del ejemplo que debes a las otras. ¿Crees que pasará el novio por que le tengas «desocupado» todos los jueves, precisa– mente a las horas tan apetecibles del paseo, únicas en que puede estar contigo? - Ya se acostumbrará. Le voy amaestrando bien, y como es inteligente y bueno, no tardará en hacerse cargo de la situación. Eso de «inteligente y bueno» no crea que se lo digo porque ya estoy ciega, no. Tengo que traérselo un día para que lo conozca. - Bien, mujer. Os recibiré con muchísimo gusto. Casi cada jueves se veían caras nuevas en la reunión. Como el ambiente estaba hecho, y crecía de volumen sin cesar, la curiosidad, sana en unas, quizás algo frívola en otras, llevaba semanalmente alguna «nueva» hacia San Francisco. Para que las reuniones resultasen más animadas, el P. Fidel empezó con un nuevo método: cada jueves for– mulaba una pregunta, que todas copiaban, y a ella de– bían responder por escrito, aunque sin firmar, para la próxima reunión. Las preguntas no tenían nada de «pura teoría»; versaban sobre puntos concretos y que podían afectar muy directamente a cualquier alma joven. De he– cho, las chicas, que empezaron tomando la cosa un poco en broma, fueron demostrando luego un creciente interés, 156
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