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»No querais ser vosotros del grupo innumerable de las «vírgenes necias», es decir, de las almas atontadas que sólo se dan cuenta de que tenían que hacer algo importan– te en el mundo cuando suena ya la hora de pasar la fron– tera de la eternidad. Entonces no se remedia nada. A lo sumo podrá evitarse el hundimiento en la perdición que nunca tendni alivio, pero no la espantosa amargura de ver que la propia existencia ha sido un verdadero fracaso a los ojos de Dios. »Vuestras naturales ansias de superac10n se verán sostenidas y acrecentadas por la acción de la Gracia de Aquel que os exige vivir el cristianismo en toda su integri– dad. La vida cristiana no está hecha a la medida de los espíritus indolentes, flojotes y vulgares: son los «violentos», es decir, los esforzados, quienes conquistarán el reino de los cielos, según declaración evangélica. »La cosa no es fácil, pero animaos: sobre las exigen– cias quizá heroicas del vivir cristiano veréis proyectarse, como un estímulo para todos, los ejemplos de tantas al– mas jóvenes que se han cubierto de gloria en las luchas de la propia santificación y el apostolado, desde aquellas vírgenes mártires de los primeros siglos que purificaron con su sangre inmaculada el mundo manchado de la gen– tilidad, hasta las adolescentes y jóvenes contemporáneos que oponen un alto nivel de vida pura a la marea de sen– sualidad que vemos desbordarse en estos días. »Las voces de sus ejemplos, más poderosas que la!'. voces de «La Doncella de Orleans», podrán repetiros fre– cuentemente a unos y a otras: ¿No podrás tú lo que he– mos podido nosotros y nosotras, pobres criaturas huma– nas corno tú, como tú débiles e inconstantes? Que no os dejen descansar tales voces hasta que hayáis realizado al– go de valor en el mundo». Coronó el P. Fidel todo su discurso con una apremiante llamada, que tuvo al final claros acentos joseantonianos: - Cierta noche San Pablo vio en sueños a un hombre macedonio que se erguía ante él y le suplicaba: «¡Pasa a Aiaccdonia, ven a ayudarnos!» »Carísimos : Guardad sagrado silencio en vuestro espí– ritu, y escucharéis también vosotros miles de voces que de lejos y de cerca os llaman con angustia. Miles de al– mas están esperando la luz y el bien que salvan. Los espe- 153
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