BCCCAP00000000000000000000393

»Las ansias de superacrnn son el patrimonio más va– lioso de la juventud... ; pero cada día pierden ese patrimo– nio todos aquellos muchachos que se rinden sin condicio– nes ante la tentación de la comodidad o ante los atracti– vos de lo que degrada. Esos dirán que el esforzado afán del joven de Longfellow no era más que una locura, y una lo– cura trágica. Yo afirmo que es preferible tener una tumba de nieve a tenerla de cieno, y afirmo también que muchas cosas estimadas por los hombres como locuras, pueden con la ayuda de Dios convertirse en gloriosas realidades, y que ser demasiado cuerdos y sensatos en la vida puede resultar una gran calamidad, pues un arranque de no cal– culada decisión o inspiración es tal vez lo que necesita, para transformarse, nuestra existencia. »Sintamos el clamor de las alturas, aunque no seamos precisamente águilas, sino pobres gorriones. Gritemos con fuerza a lo largo de nuestro camino, como la mejor t:':X– presión de nuestra juventud: Sursum corda! ¡Arriba los corazones ! » El pequeño auditorio estaba como subyugado. Aquél era un lenguaje que entendía perfectamente. Hasta la po– co dócil María de la Gracia no encontraba nada que opo– ner; estaba rendida de lleno. Todo lo que decía el Padre era verdad, la más hermosa verdad. Vino inmediatamente una breve y vigorosa segunda parte. El P. Fidel fue diciendo cómo todos aquellos valo– res de la juventud - ardor de vida, fe en el porvenir, an– sias de superación - tenían su mejor destino o empleo en aplicarse a servir los más altos ideales: Dios y las almas, la santificación propia y el bien de los demás. Y tuvo ex– presiones como éstas : - El cristianismo es vida; la única religión y doctri– na que armoniza perfectamente nuestro atender a las ne– cesidades temporales con el obligado servir a nuestros destinos eternos. Y dentro del cristianismo, nosotros. los que seguimos la espiritualidad franciscana, hijos de aquel santo poeta en quien toda nota del canto de la vida tuvo repercusiones admirables, nosotros tenemos que amar la vida como un don hermosísimo de Dios; pero debemos saber también que la vida sólo vale en cuanto se la sa– crifica lentamente o de una vez al servicio de un encum– brado ideal. 152

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz