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valga la pena, ya porque nos hace poquísima gracia que– dar innominados dentro del montón. - Al florecer la primavera en nuestra existencia - prosiguió -, el alma siente imperiosa la llamada de las cumbres. Le repugna todo lo mezquino y rastrero ; sueña con ascensiones a difíciles alturas. Llega a estar en ocasio– nes como presa de una obsesión de heroísmo y de grandeza imposible de describir, y, al menos con la fantasía, mar– cha cientos de veces a la conquista de la cima más alta del saber, del valor, de la gloria y de la dicha... Por eso, la mayor tragedia de las almas jóvenes es el contraste en– tre lo que sueñan y lo que tienen, entre los arranques de entusiasmo e idealismo y la pobre realidad de un vivir ca– si siempre a ras de tierra, o quizá bajo el nivel de la mis– ma dignidad humana. »Conmovedor símbolo de los afanes de altura que hay en la juventud nos lo ha dado el norteamericano Longfellow en aquella su poesía sobre el muchacho que intenta coro– nar los Alpes tremolando una bandera donde había escri– to es ta sola palabra: «Excelsior ! = ¡ Más arriba!» Escu– chad ....... ..... (y se lo leyó). La poesía era ciertamente bella, y en todos causó no pequeño efecto; pero ¿cómo explicar la impresión de Jo– sefina? Todo aquello era para su gusto demasiado hermoso y demasiado romántico, y la había dejado en un ahogo de emoción. Los Alpes lejanos y nevados, la caída de la tar– de, el gallardo joven, su misteriosa obcecación y su ban– dera, los monjes del Gran San Bernardo, la acción del no– ble perro, la muerte en la cumbre, bajo la nieve... ¡ Pobre Josefina! Sufría y gozaba extrañamente. El P. Fidel hablaba con una cálida serenidad: - Me diréis que todo esto no pasa de ser una leyenda, y yo replico que a veces la leyenda expresa más afortuna– damente la realidad que la misma historia. El tremendo afán de ese joven, que le empuja contra todo cálculo de prudencia hacia las cumbres alpinas donde florece la blan– ca edelweiss y también aguarda la muerte, nos puede hacer entender admirablemente el hondo anhelo que hay en el alma juvenil hacia otras cumbres o alturas, que no pueden medirse con teodolito ni conocen la caricia helada de los copos cuando nieva, pero cuya conquista es más meritoria y difícil que la del Mont Blanc o Monte Rosa. 151
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