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tenía una fuerza desacostumbrada en las almas, perdía ahora gran parte de su vigor, y en muchos corazones bro- tr. taba el propósito, cuando menos el vago deseo, de «em– pezar otra vez, de volver a lo de antes», es decir, de tener a Dios y sus cosas más presentes en la propia vida y apli– carse más en serio a piadosos o apostólicos quehaceres. Aprovechando la buena coyuntura, el P. Fidel dispuso para el 16 - el 15 terminaba la novena - una reunión conjunta de chicas y chicos, una reunión que fuera algo así como una «apertura de curso». Se pasaron oportunamente los avisos... ; y el día 16, hacia las ocho de la tarde, numerosas chicas y menos nu– merosos chicos se agrupaban sentados en humildes ban– quillos ante una de las plateas del salón de San Francis– co... , que aún tenía buena temperatura. Después de unos minutos dedicados a saludos, a cariñosos encuentros en– tre quienes hacía algún tiempo no se habían visto, a se– ñalar ausencias o presencias, el P. Fidel se dispuso a ha– blar... El venía a hacer que su discurso fuese como un poderoso despertador de energías o ideales dormidos, una apremiante y sacudidora llamada a la conciencia de todos aquellos cristianos jóvenes que se habían puesto al alcan– ce de su voz. Y empezó a hablar así, con cierta solemne y sosegada naturalidad: - Por lo menos alguna vez en la vida habréis escu– chado vosotros las composiciones musicales de Ricardo Wagner. Son en verdad una plenitud de sonidos. Todas las voces del mundo fantástico germano parecen reunidas allí. Los dioses del mundo, con su cortejo de borrascas y de truenos, los prodigiosos murmullos de la selva, el diálogo de la lluvia con las hojas de los árboles, cantos de ondinas hechiceras sobre el sonoro curso de las aguas del Rhin, fragor de batallas, himnos de guerreros, aves y bestias, sílfides y nibelungos, sigfridos y dragones, sacer– dotes y escaldas con su hablar de misterio, raudo correr de walkyrias conduciendo a los héroes al combate..., todo ello aparece fusionado en un grandioso conjunto de ple– nitud armónica que se desborda y nos avasalla como la marcha de algo imponente e incontenible. »Pues bien, amigos míos: también el rumor de la vida, cuando florece la juventud, se esparce por todo el hombre cual poderosa sinfonía wagneriana. Voces y ecos 148
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