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de la esclavitud que había ido echando sobre su alma la propia sensualidad no refrenada. Ya muy fuerte por na– turaleza, dicha sensualidad actuaba ahora bien azuzada por «el ambiente» tan pagano y reforzada por la costum– bre viciosa que se aprendió de malos compañeros en los días algo lejanos de la incipiente pubertad. Los no perdidos del todo, pasada la fugaz obcecación del pecado, sentían el desesperado abatimiento de su mi– seria... ; conocían toda la verdad de algo que el P. Fidel había comentado en cierta ocasión, y que él había leído (escrito por no sabía quién) en un artículo de cierto sema– nario nacional: «El sentimiento del pecado es una sensa– ción de cansancio y pena... El pecado agosta y envejece». Todos éstos, naturalmente, estaban en condiciones de dar una vibración patética a aquello de «y su esperanza, cuan– do gime y llora». Ellos quizá no lloraban ; pero sí gemían; gemían en lo mejor de su alma deseando acabar de una vez con el abochornante poderío de la carne. Y se lo iban a pedir, humillados y confundidos, a la Madre sin par que había aceptado el atroz dolor de tener muerto en sus brazos al Hijo maravilloso, absolutamente bueno, porque no quedaran sin remedio los otros hijos, que, casi del todo malos, andaban en funestas debilidades o concesiones al desorden. II La novena a la Virgen del Camino en la catedral, ya casi a mediados de septiembre, le parecía al P. Fidel una excelente oportunidad para preparar la nueva «tempora– da». En aquellos días los espíritus iban quedando mejor dispuestos. La novena venía a ser como un filtro que deja– ba atrás las impurezas del verano; por lo que las almas se sentían más claras, más ligeras, más solícitas por las cosas de arriba, y consiguientemente, con mejor temple para un esfuerzo generoso. La desgana, las seducciones de la frivolidad, la relajación, el apetito desordenado de di– versiones, el vicioso afán de pasarlo bien, aunque no se obrara bien..., todo esto que durante los meses del verano 147

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