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da habían acudido a las invitaciones del P. Fidel. Tanto en unas como en otros había un sincero deseo de hacer bien la novena, porque amaban de veras a la «Madre de Mise– ricordia» y porque buscaban merecer su ayuda o protec– ción frente a las mil dificultades de diversa índole que ya se dejaban sentir en su vida joven. Quizá no pudiera hablar– se aún de grandes dolores o amarguras... ; pero la mayor parte de ellos iban ya sabiendo de sobra que en la vida no es todo sonrisas y flores. Seguramente quien más cerca se encontraba del mís– terio o lección de la « Virgen del Camino» era Josefina. A pesar de sus pocos años, había sufrido ya mucho, y tenía buena experiencia de lo que es « gemir y llorar» ; por eso le decían tanto las bellas estrofas del Himno a la Virgen. La mayor parte de las otras jóvenes, amigas, compañeras, conocidas, no conocían aún el sufrir de penas muy hon– das. Si pensaban y creían que la vida es ciertamente tris– te, abundante en dolores, era más bien por lo que oían a otras personas; ellas no podían decir por su cuenta que la vida fuese tan desagradable. De seguro que también ellas se sentían en ocasiones extrañamente melancólicas, sin sa– ber por qué, y hasta llegaban a gustar un agridulce placer en soñar cosas tristes sobre la vida: incomprensiones, so– ledades, lágrimas... , mas era todo por puro sentimentalis– mo. De verdad, en su propio vivir, no tenían más cosecha de sinsabores que los causados por ciertas adversidades que no calaban muy hondo: rabietas porque esto o lo otro no les salía a su gusto, fastidio por tener que trabajar o estudiar cuando les sentaría mucho mejor estar pasean– do o divirtiéndose, la desazón de la envidia ante los ves– tidos, las joyas, el tipo, o el novio de otras chicas «con más suerte»... En cuanto a los muchachos, a pesar de su aparente atolondramiento y superficialidad, un fino observador po– dría descubrir en no pocos de ellos preocupaciones más hondas que las originadas de «la lucha por la existencia»: eran las preocupaciones, las tragedias, de la lucha moral por el espíritu, en la que tanto abundan las derrotas o caídas. No todos sentían igualmente el peso de su propia miseria; pero en los más despiertos alcanzaba grados de angustia la amargura de verse tan frecuentemente hundi– dos. Algunos hasta sentían casi físicamente las cadenas 146
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