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las hacía resonar con sus cantos y rezos. Larga era la fun– ción; porque después de los rezos y los cantos al Señor Sacramentado y a la Virgen Madre, venía el sermón, a cargo siempre de algún orador de fama. Pero el momento más impresionante era, sin duda alguna, el del final: cuan– do toda la masa de fieles se ponía en pie, y bajo las pode– rosas notas del órgano empezaban a cantar vigorosamente el Himno de la Virgen : «¡Oh Virgen del Camino!, Reina y Madre del pueblo leonés: muéstranos a Jesús vivo y glorioso, que herencia nuestra es, que herencia nuestra es». Era un tal clamor de plegaria, que difícilmente podía sustraerse uno a su emoción. Plegaria dirigida a Aquella que sabía como nadie de amar y sufrir, a Aquella que ha– bía querido cobijar a la tierra leonesa y su gente desde un trono de divino dolor, a Aquella que estaba allí para mi– rarles a todos con ojos amantísimos de «Mater Dolorosa», velados de lágrimas, a Aquella que con su título «del Ca– mino» había dado un toque sustancial de trascendencia a tan alta y seria tierra, recordando a sus moradores que de– bían estar ,,iempre en marcha, sin detenerse en cosa al– guna, hacia horizontes de eternidad. Y «los desterrados hi– jos de Eva» que vivían en León recordaban fervientemente a la Madre dolorida, que Ella era «su vida, dulzura y espe, ranza»: «Reina León te llama de sus tierras, y su dulzura si tu amor implora. Su vida cuando dice que te quiere, y su esperanza cuando gime y llora». Tal estrofa, con la música orante y bellísima que le había puesto el maestro leonés don Manuel Uriarte, tenía que llegar vibrante de fervor hasta el trono de la « Virgo potens» y «Mater amabilis». Entre la masa de fieles que asistía a la novena de la catedral podía contarse a casi todas las jóvenes terciarias y a bastantes de los muchachos que en la primavera pasa- 10. - Témporas ... 145
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