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nes mira al sol en el cielo azul de los días y a la luna en el cielo parpadeante de las noches serenas, yo creo que toda ella debe sentir como un estremecimiento, no telú– rico, sino espiritual, al entender que su razón de existir está precisamente en ser una glorificación perpetua de esa «Hija de Sión, Virgen prudentísima», a quien la Iglesia canta hoy «toda hermosa y suave, graciosa como la luna, espléndida como el sol». Josefina estaba suspensa... Al concluir el P. Fidel, se– guramente hubiese aplaudido, si las cosas que acababa de oír le hubieran hecho menos efecto. Pero le habían gus– tado demasiado; sentía el alma conmovida. No podía ha– blar. Había que saborear todo aquello a solas. ¡ Lástima que esto no fuera posible en aquellos momentos!, pero se prometió a sí misma que en el primer rato libre iría pre– surosa a la catedral, para saturarse de «ambiente», y pen– sar, bajo las bóvedas casi aéreas, con el alma bien recogi– da y los ojos cerrados, en todas aquellas cosas que aca– baba de oír y que tan hondas resonancias habían desperta– do en su corazón. 142

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