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preparativos, pensaba serenamente, y empezó a darse cuen– ta de que en las solemnidades que iban a celebrarse había cosas O aspectos mucho más importantes que su actuación de «cantadera», a la que casi exclusivamente venía aten– diendo. ¡ Tenía que vivir con la mayor seriedad posible el contenido espiritual de la fiesta! No podía ella ser una de tantos cristianos frívolos, superficiales, que en las festividades religiosas difícilmente ven algo más que una buena ocasión para cambiar las horas de trabajo por las de descanso o diversión, para vestir mejor, y hacer algún extraordinario en la mesa. No podía agradar a Dios que– dándose tan sólo en las exterioridades. Aun en sus actua– ciones de «cantadera» trataría ella de poner mucho «es– píritu». El P. Fidel seguía hablando: «Nuestros antepasados supieron captar bien la ingente belleza sobrenatural y tam– bién humana del triunfo de la Virgen. Por eso vemos que gran parte de nuestras catedrales españolas tienen como titular la Asunción de María a los cielos. Y es que yo creo que cuando aquellos nuestros antepasados estaban dando feliz remate a sus inmortales construcciones de piedra, ¡ en unos siglos en que el poder maravilloso de la fe había de suplir la falta de ingenieros, de buenas vías de comunicación, de medios de transporte, de poderosos instrumentos mecánicos de trabajo!, asombrados ellos mis– mos de su obra, debieron de pensar con emoción en el pun– to importante de a quién se la iban a dedicar... Mas lle– vados muy pronto de ese misterioso instinto para las co– sas de la fe, que según los teólogos actúa en el pueblo cris– tiano, decidieron que sólo el misterio más triunfal de la más bella criatura respondía convenientemente a la más solemne creación de su espíritu y de sus manos, y así de– dicaron las mejores iglesias catedrales a la Asunción de María. »Esas nuestras piedras catedralicias, queridos leoneses, sobre cada una de las cuales caerían muchas gotas de su– dor, y tal vez no pocas de lágrimas, piedras venerables y con muchos siglos, piedras abrasadas por los mediodías de julio y ateridas de frío en las glaciares auroras de ene– ro, esas piedras guardan impasiblemente las glorias de la Asunción de la Virgen en León. Y cuando toda la gran mo– le catedralicia, con los ojos desmesurados de sus roseto- 141
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