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- ¿También usted lo ha notado? Muchas veces me han dicho lo mismo. Y me voy convenciendo de que tienen razón, y eso que ahora, a fuerza de golpes y desengaños, voy cambiando no poco. Pero antes era imposible. Había días en que yo misma no podía con lo que pasaba por mí (¡cuánto más difícil sería para los de casa el sopor– tarme!): quizá lloraba sin ton ni son... o me pasaba horas enteras sola, puesta a la ventana de mi cuarto (cuando vivíamos en el pueblo), con la mirada perdida en la le– janía... ; el simple contemplar unas flores, o el paso del agua, o el escuchar de lejos una pieza de música o el aire de una canción, me ponía qué sé yo cómo. Me ocurrían principalmente estos estados de ánimo al caer de la tar– de, cuando se iban alargando silenciosamente las sombras... Aquí en la ciudad no es tan fácil dejarse impresionar por el morir del día. Cuando me venían los «accesos» más fuertes, sentía unos extraños ahogos, los ojos me dolían, y venían unas ganas horrorosas de escapar (como si estu– viese recluida en una oscura prisión), de huir no sabía dónde... Quedaba rendida, y casi incapaz de hacer cosa alguna durante un buen rato; hasta de comer me olvi– daba. Al fin llegó la gran fiesta de la Virgen. Poco después de la comida del día 14, en el hogar de Josefina andaban casi todos revueltos con los últimos preparativos de la jo– ven, pues faltaba ya poco para su primera actuación de «cantadera». Aunque nadie la atendía, la radio seguía funcionando... Emitía Radio León. De pronto, un anuncio completamente inesperado: «Está ante nuestro micrófono el R. P. Fidel de Peñacorada, capuchino... » Josefina inte– rrumpió su tarea, y corrió hacia el comedor. Sí, era él quien hablaba: «Yo quisiera poner en estos comentarios a la festivi– dad mariana de mañana una gran cantidad de unción religiosa y de belleza poética : »Imaginaos el espectáculo maravilloso que esta tarde va a ofrecer la Iglesia Militante a los ojos indefinibles de los bienaventurados: cabildos de catedrales y colegiatas, coros de comunidades religiosas, sacerdotes y clérigos ais– lados, desde todos los ángulos del mundo, con diversa pronunciación en los labios y un mismo sentir en el corazón, elevarán al cielo su júbilo laudatorio con las 139
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