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«y otras damas a su lado, y caballeros con ellas, que las iban requebrando». Llegaron en su paseo a unos altos miradores que da– ban encima de la leonera, donde cuatro leones de terrible fiereza eran capaces de «poner temor y espanto» aun en el más intrépido caballero. La coqueta de doña Ana, como por involuntario descuido, deja caer a la leonera uno de sus guantes, y luego empieza a hacer aspavientos y a mos– trar con voz melindrosa su contrariedad, y a decir si no habrá algún caballero tan cumplido que le rescate «el su guante tan preciado». El joven conde leonés, sin alardes y sin ruido, se baja derecho 2. la leonera, espada en mano, y rescata el guante de entre los leones, que se quedan co– mo inmóviles de estupor... Cuando regresa al lugar de la reunión, «antes que el guante, a la dama un bofetón le hubo dado: - «Tomad, tomad, y otro día, por un guante desastrado no poméis en riesgo de honra a tanto buen fijo-dalgo». Tan lejos se dejaba llevar a veces Josefina de sus sentimientos y nostalgias, que terminaba sintiendo como un penoso ahogo en el corazón. Era evidente que aquello no conducía a ninguna parte, que le estaba haciendo daño. Lo comprendía ya bastante bien, sobre todo desde que había empezado a familiarizarse con la vida espirituai. El Amor Divino, cuya realidad había descubierto, o mejor, vislumbrado, una tarde de junio, no podía compaginarse en el alma con aquellas embriagueces desordenadas de sen– timentalismo. ¡Había que reaccionar! Mas no era fácil la tarea. Muchas semanas irían transcurriendo antes de que la joven lograra sobreponerse eficazmente a los desbordamien– tos románticos de su sensibilidad. Cuando cierto día le había dicho el P. Fidel: «Josefina, me parece que eres demasiado soñadora... », ella le había replicado, algún tanto ruborizada: 138
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