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pos antiguos, los hombres heroicos! Vistos por su fanta– sía a través de embellecedoras nieblas sentimentales, qué indeciblemente poéticos le parecían. Y ¡ qué terriblemente prosaicos resultaban al lado suyo los tiempos que a ella le había tocado vivir! Tan vulgares y llenos de materia– lismo eran, que daba asco. Se imaginaba a sus remotas antepasadas, las doncellas del León «capital de Reino», con un vivir lleno de esti– mulantes emociones, despidiendo o recibiendo a las tro– pas de magníficos caballeros que partían para la guerra contra el infiel o regresaban ya de ella, con el polvo de los combates y la gloria de sus hazañas... ¡Aquello sí que era tener un hermoso sentido heroico y caballeresco de la vida! Involuntariamente rompía a cantar la estrofa del Himno a León: «Tierra hidalga, tierra mía: estrofas del romancero desde Guzmán a don Suero va tremolando el honor». Aquellas puertas románicas de San Isidoro que ella atravesaba casi todos los días para sus visitas al Santísimo permanentemente expuesto, aquellas archivoltas ojivales de la catedral que ella se detenía a contempfar breve y pasmadamente cada vez que a la catedral iba, habían es– tado sintiendo durante siglos el paso de innumerable gen– te ilustre: de reyes y de infantes, de condes y obispos, de caballeros y eclesiásticos, de grandes damas y delicadas doncellas... ¡Doncellas afortunadas, objeto constante del apasionado y muy respetuoso homenaje de hombres valien– tes que llegaban a tenerse por bien premiados si recibían una sonrisa femenina en correspondencia a sus esfuerzos ! ¡Aquéllos sí que eran hombres! Tan esforzados y obsequio– sos como llenos de una ejemplar entereza. Recordaba ella un romance sobre «Ese conde Don Manuel que de León es nombrado... » El tal conde se encontraba un día en el palacio del rey, paseando después de comer con doña Ana de Mendoza 137

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