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ta María del Mercado, San Martín y Santa Ana - apor– tasen cada una cuatro o seis jovencitas para hacer de «cantaderas». Ya tres meses antes de la fiesta avisaban los párrocos a las familias que debían aquel año dar can– tadera; v de esto no se libraban ni las casas más ilustres: el castigo para quienes se negaban era primero la multa y luego la cárcel. Si alguna familia no tenía en su seno · joven doncella, debía buscarla de fuera y vestirla bien, pues era rechazada la que no iba con vestido y aderezo proporcionado a la fiesta. La intervención de las «cantaderas» daba gran realce a la celebración catedralicia de la Asunción de María. Co– menzaban a actuar el día 14 por la tarde, con motivo de las primeras Vísperas, que cantaba el Cabildo con toda solemnidad; y el mismo día de la fiesta, día 15, tenían su principal intervención ante la imagen de Nuestra Se– ñora la Blanca, durante la procesión por los claustros de la catedral, y en el acto del «foro u oferta». A principios de agosto Josefina estaba muy ilusionada preparando su equipo de «cantadera»; lo que no le hacía tanta gracia era tener que ensayar repetidamente con las demás chicas que habían de formar en el grupo danzante y cantador. Por otra parte, alma soñadora y contemplativa como era, le costaba encajar en el ajetreo de las danzas; en cambio, saboreaba muy hondamente la música serena y dulce de los «cantares», y no sólo la música; también la letra destilaba en su espíritu una inapresable esencia de suavidad. La letra podía ser muy sencilla, pero tan ad– mirable como esta «cantiga» de Alfonso X el Sabio: «Rosa das rosas e fror das frores; dona das donas e amor d'amores. Rosa de beldad e de parecer, fror d'alegría e de bon pracer... » A veces, preparando sola su vestido de doncella canta– dera, y mientras un leve tarareo de lo que iba aprendiendo aquellos días acompañaba su labor, se sentía inundada por oleadas de romanticismo, de evocaciones, de ensue– ños... Su imaginación volaba, volaba..., o se dejaba llevar en las alas de vagos anhelos y nostalgias... ¡ Oh, los tiem- 136
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