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tiempos muy antiguos la ciudad se congregaba en aquel su primer templo para honrar a la Virgen con las más brillantes ceremonias. Asistía corporativamente el Ayun– tamiento, y hacía una simbólica ofrenda, que los regido– res municipales se empeñaban cada año en presentar co– mo simple y libre «oferta», y que el Cabildo catedralicio se empeñaba también cada año en calificar de «foro», o cosa obligada, en el momento de su aceptación. Así tenía lugar todos los años en el claustro de la catedral, y ante numerosa concurrencia que rodeaba a la imagen de «Nues– tra Señora de Regla», una curiosa, académica y amigable discusión entre el representante del Cabildo y el del Ayun– tamiento acerca del verdadero carácter de la ofrenda que éste presentaba. En estos solemnes actos y en algún otro de la víspera de la festividad era cuando intervenía el grupo de las «cantaderas». «Cantaderas» se venía llamando desde tiempo inme– morial a las doncellas casaderas que, ataviadas con her– mosos trajes regionales, tomaban parte cantando y bai– lando en las fiestas cívico-religiosas de «Nuestra Señora de Agosto». Sus cantos y danzas estuvieron originariamen– te motivados por la necesidad de manifestar el regocijo de las jóvenes leonesas al verse libres del más vergonzoso tributo que pesaba sobre el Reino, el «tributo de las cien doncellas» - «las cincuenta, hijas-dalgo», según el roman– ce - que anualmente habían de entregarse al rey moro. Las victorias del rey Ramiro fueron las que devolvieron el honor y la alegría a sus tierras de las Asturias y León. « De León y las Asturias Ramiro tiene el reinado. Esos moros de Bardulia le enviaron su mandado... Gran pesar cobraba el rey en oír el tal recado; entró en tierra de los moros: mucho los ha ya estragado... y tantos murieron de ellos, que no pueden ser contados». Con el tiempo fue estableciéndose la obligación de que cuatro parroquias de la ciudad - San Marcelo, San- 135
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