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que levanten la cabeza y los ojos. De momento, esas cosas les suenen un poco a «música celestial», pero algo irá quedando allí dentro; y cualquier día, bajo la acción de la divina gracia y de una circunstancia favorable, em– pezará seguramente a producir algunos frutos. «Siembra, que algo queda» decíamos antes. Yo estoy convencido de que saber que existen cosas altas y soberanamente valio– sas al alcance de nuestro esfuerzo tiene que resultar, tar– de o temprano, poderoso estímulo para no dormirse en una rastrera vulgaridad. »Los cretenses, a quienes Tito debía enseñar «con todo imperio" las cosas que le indica San Pablo, estaban muy lejos de ser hombres espirituales, preparados ya para re– cibir altas lecciones. El Apóstol recuerda en su epístola el dicho del poeta Epiménides (siglo VI a C.), que también era de Creta: «Los cretenses, siempre embusteros, malas bestias, panzas holgazanas». Y lo más grave es que aña– de luego por su cuenta: «Este testimonio tiene mucho de verdad» (1, 12-13). »No creo que nuestros muchachos estén en peores condiciones que los cretenses para recibir la doctrina del verdadero vivir cristiano. Vamos a trabajar con afán se– reno..., y a esperar sin prisas. Se despidieron con un abrazo. Estaban contentos el uno del otro. Y en ambos alentaba la oscura decisión de que el verano aquel fuera sólo un paréntesis de reflexión, no una concesión total a la galbana. II I El día 2 de agosto, agradable día de verano leonés, vio andando por los alrededores de San Francisco a casi todos los jóvenes de uno y otro sexo relacionados con la Orden Tercera. No es que todos, máxime entre «ellos», tu– viesen gran interés por las indulgencias de tal día; pero no se habían olvidado de las exhortaciones del P. Fidel. Aquella fecha del 2 de agosto era uno de los días franciscanos dentro del ciclo anual: la fiesta y jubi– leo de la Porciúncula. San Francisco de Asís había pro- 133
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