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el espíritu de muchos de los que concurren a Centros ju– veniles: van allí por pasar el rato, porque a lo mejor no saben a dónde ir, tal vez por ahorrar las pesetejas que se gastarían en otros sitios. - Bueno; pero si al fin algunos van entrando... «Siem– bra, que algo queda» debe ser la consigna de quienes se dedican al apostolado, parodiando aquella otra cínica que se atribuye a Voltaire. Yo pienso que lo decisivo es que el Consiliario o Director trabaje con santo afán, pues no pueden resultar sus esfuerzos enteramente frustrados. - Seguramente tiene usted razón. Yo, por lo menos, me alegro de verle tan de veras animoso. ¡Ojalá no ten– ga grandes desengaños! Y ojalá yo vea al fin realizado eso que tanto he echado de menos: una agrupación juve– nil donde haya vida, estilo, entusiasmo, sentido de entre– ga a su ideal. Estoy ya cansado de reuniones aburridas, y de ver tan sólo «unos buenos muchachos que andan con los curas y los frailes». Al P. Fidel le complacía verdaderamente aquel len– guaje del muchacho. Parecía un eco de su propio sentir. Dándole unas palmaditas en la espalda, añadió: - Hablas bien. Pero espero de ti bastante más que palabras. Cuando pase el verano, trataremos de ir reali– zando eso con lo que sueñas. Yo tengo grandes esperanzas e ilusiones y confusos proyectos... Veremos si somos ca– paces de hacer algo que valga la pena. La conversación apuntó luego al viaje de vacaciones de Femando, y el P. Fidel recordó con nostalgia a aquella tierra del Noroeste donde había pasado su primer año de ministerio, apenas acabada la carrera: tierra suave, tie– rra húmeda, tierra verde; de praderías, maizales y pina– res; de estrechos caminos en las laderas de los montes, por donde van cantando sus chirridos las humildes carre– tas campesinas; tierra a la que el mar abraza con los pu– ros brazos de sus muchas rías, azules u opacas según el color del cielo, entre riberas de blancos pueblecitos donde se respira aire salobre y se escuchan canciones extraña– mente sentimentales. De hablar de Galicia se pasó muy naturalmente a ha– blar de lo que en el mes de julio parece llenar toda Ga– licia: el apóstol Santiago y su ciudad de Compostela. Desde luego, amigo - dijo sonriendo el P. Fidel a 130
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