BCCCAP00000000000000000000393
la guadaña. Al aire del amanecer, por uno u otro camino, sonaba frecuentemente el cantar de los segadores... Unas veces, eran las tonadillas de moda, aprendidas por la ra– dio o a fuerza de oirlas a los músicos que tocaban en las fiestas de los pueblos; otras, eran los vigorosos aires re– gionales los que vibraban sobre la paz de los campos... «Es mi molino símbolo de la rueda de mi destino: que va moliendo harina dando, que va cayendo... » No sólo las secas mieses de cereales caían en julio a golpe de guadaña. Por la provincia verdeaban abundan– tes praderías: en la montaña y en las riberas. Y también por aquí, a pesar de su colmado verdor y de sus innume– rables florecillas, pasaban haciendo estragos las guada– ñas durante el mes primero del estío. De los prados re– gresaban todas las tardes hacia el pueblo enormes cargas de oloroso heno seco, en carros de lentas parejas de va– cas o bueyes; allí arriba, sobre la yerba seca y olorosa, iba casi siempre algún chaval o mozo que lanzaba por todo lo alto sus cantares. Por ejemplo: «¿Quién te ha cortado el ramo de la alameda? - Me lo ha cortado el moza de la ribera... - Ese pañuelo verde, ¿quién te lo ha dado? - En el ramo del moza quedó olvidado... » Por la ciudad, la más aparente novedad que tra!a julio era la progresiva ligereza de ropa en el vestir de las mujeres, y la sed creciente de los hombres, sed extra– ña, que huía del agua clara y sólo podía calmarse con turbios productos de bar. Tres días antes de Santiago fue a despedirse del P. Fidel el muchacho «nuevo» que estudiaba Veterinaria. Te– nía los abuelos maternos en un pueblo de Galicia, e iba a pasar con ellos unas cortas vacaciones, aprovechando aquellas fechas en que toda la verde región del Noroeste estalla en festejos de gaita y estampidos, celebrando al «Hijo del Trueno» que quiso dejar sus huesos en Com– postela. El muchacho se llamaba Fernando Gordón Vázquez. 127
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz