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renunciar a bastantes cosas que os apetecen por lo menos tanto como a los demás, pues no estáis hechos de piedra, ni la «ley de la carne» se ha extinguido en vuestros miem– bros... Y encima de lo costoso de vuestras renuncias, ten– dréis que sentir las risitas estúpidas y los hirientes co– mentarios de los miserables vencidos por la carne y por el mundo, que tratarán de compensar su bajeza rebajan– do a los que no son tan sapos como ellos. »Pero no hay que acobardarse ante nada, amigos míos. Jesucristo se entregó de lleno por vosotros: algo habéis de pasar vosotros por El. Además, según indica el Após– tol, hemos de andar sostenidos siempre por una bien– aventurada esperanza: la esperanza de que El, «Rey in– mortal de los siglos», volverá... Y no como vino la prime– ra vez, sino con todo poder y gloria, para dar a cada uno su merecido. Ahora, quienes cultivan las apetencias mundanas parecen los felices y los triunfadores; pero ya se cambiarán los papeles. El, el Triunfador, no va a tra– tar lo mismo a quienes le siguieron con generoso esfuerzo y a quienes se desentendieron de su enseñanza por no con– trariar las propias concupiscencias. »En fin, que el Señor os conceda un tan feliz cuanto honesto verano. Y que allá por el mes de septiembre el comienzo de una nueva temporada nos encuentre a todos con más ganas que nunca de entregarnos generosamente a la gran tarea que sabéis o adivináis». II Por las anchas tierras de la provincia, las mieses, amarillas de madurez, empezaban a caer al filo de la guadaña. Con este corvo instrumento de trabajo al hom– bro, el segador iba cada madrugada por los caminos pol– vorientos hacia el lugar de su faena. Tenía que ser de madrugada, aprovechando el rocío de la amanecida, que mojaba y suavizaba la seca rigidez de las mieses; en las horas en que el sol «pegaba fuerte», las espigas se rese– caban con exceso, se entreabrían sus alvéolos, y fácilmen– te saltaban los granos al recibirse en el tallo el golpe de 126

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