BCCCAP00000000000000000000393

dio» se le concede atención sólo en la medida en que re– sulta necesario o útil para alcanzar lo que se busca como fin. Ha de haber enorme diferencia, por ejemplo, entre los que trabajan para tener con qué comer y disfrutar de la vida, y los que trabajan y comen y viven para un fin más alto : el fin de amar a Dios y demostrárselo cada día en el fiel cumplimiento de su voluntad. - Entonces ¿es en el modo de vivir nuestras cosillas de cada día donde se encuentra el secreto de una alta per– fección cristiana? - Ciertamente. Hasta en verso lo ha dicho don José María Pemán: «La virtud más eminente es hacer, sencillamente, lo que tenemos que hacer... » »Pero todo eso que tenemos que hacer - nuestro «quehacer» - no se hará en la debida forma si falta en el alma el espíritu de oración. Cuando se atiende poco a Dios, es natural que el hombre se eche de bruces, con vo– raz apetito, sobre las mezquinas satisfacciones de esta vida, sin levantar los ojos a un mundo más alto, que no se siente. »Y cuando se obra así, ¿qué valor de eternidad puede tener una vida humana? En cambio, cuando el qlma se deja penetrar del Espíritu de Dios, hasta la existencia más vulgar se hace maravillosamente alta y fecunda. Ya recor– darás aquella página de la pobre María, de la oscura costurera que «era a los ojos de Dios uno de los persona– jes más importantes del mundo». - Sí; y recuerdo también lo que usted nos dijo en la última reunión: que una modesta colegiala puede hacer por la paz verdadera más que los distinguidos discurseantes que se juntan en las asambleas internacionales, y que una humilde sirvienta puede contribuir más poderosamente a la renovación de la sociedad que el estadista y el soció– logo con todos sus esfuerzos, y que una escondida mujer de su casa puede conseguir tantos frutos de salvación como el sacerdote de nuestros países civilizados y el misionero de las selvas americanas... A mí me cuesta creer todo es- 110

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz