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230 P. PÍO DE l\IONDREGANES primaria bajo la dirección dd ma'estro de la villa de Deza, fué enviado por su madre a Soria para estudiar Latín y Humanidades, brillando tanto por su aplicación y piedad que sus compañeros le llamaban el Santico. De Soria pasó a Zaragoza para continuar sus estudios; solía hacer frecuentes visitas a la Virgen del Pilar, ante cuya v'eneranda imagen se refiere que hizo voto de castidad. Enfermando gravemente su madre voló a su lado para recoger su último suspiro y r\':cibir sus últimos consejos. Prosiguió después sus estu– dios en Soria hasta que, inspirado por Dios, resolvió ingresar ~n la austera Orden capuchina, pidiendo el hábito seráfico al padre Jos¿ Graos, provincial entonces de la provincia capuchina de Aragón, asignándole el convento de Tarazana, lugar del noviciado, y tomando la librea franciscana 'el 10 de oc– ;t:ibre de 1645. Terminado felizmente el año de· probación y emitiendo con gran fervor sus votos, le enviaron a Borja; de aquí pasó a Huesca, de esta ciudad a Calatayud, 'en donde cursó Filosofía y Teología, siendo elevado al sacerdocio el 21 de septiembre de 1652, enriquecida su alma con los tesoros de la virtud y de la ciencia. Sentía interiormente un llamamiento esp'ecial por la3 Misiones, y, dudando si sería del agrado de Dios dedicarse a la vida apostólica entre fieles o infie– les, consultó a la venerabl•e madre Agreda, oráculo de su siglo, la cual le contestó (2) exhortándole a realizar sus santos des2os y manifestarlos a los superiores para que ellos determinaran lo que fuese del mayor servicio del Señor. Decidido a seguir la vocación de misionero entre infieles, le animaron mucho las conversaciones de los padres Lorenzo l\,Iagallón y Lorenzo de Bel– monte, misioneros de Venezuela, recibiendo con alegría el nombramiento de misionero de Indias. Embarcado en Cádiz con otros misioneros de la Orden, llegó a ·venezuela el 8 de septiemore de 1657; predicó con gran fruto en Cu– maná, Caracas y otros pueblos. Viendo la obstinación de los caraqueíios, le:, predijo que Dios les enviaría una peste en castigo de su endurecimiento, ia cual, efectiv.1m•ente, se verificó, causando grandes estragos en la ciudad. El celoso misionero se esforazba en asistir a los apestados, cuidando de la salud del alma y del cuerpo. Cesada la peste, los misioneros capuchinos se fueron entre los indios civi– lizados, eligienlo el padre Carabantes los indios caribes, que eran los más feroces. Apenas llegó a ti'erra de estos antropófagos le prendieron y quisieron asesinar para comérselo; pero, al ir a ejecutar su cruel intento, le vieron cer– cado de personajes de tanto resp'eto y majestad que desistieron, quedando libre por la especialísima protección de los ángeles que le defendieron. Ani– mado por esta gracia esp'ecial, y confiando que Dios le concedería otros ma– yores triunfos, s'e dedicó de lleno a estudiar la lengua de los caribes para ins– truirles en la fe. Con indecible trabajo la llegó a dominar tan perfectam'ente que hablaba, predicaba y escribí& con suma facilidad; atraídos los indios con su caridad y ascendiente cambiaron el odio y la ferocidad en respeto y amor hacia 'el misionero. Confiado en el poder del cielo y la buena voluntad que le mostraban los naturales se interna en los bosques, recorre la región, no sin (:!) Vfosc In resvnesta de In Ven. Agreda PU <>l F. B. LoD.\RES, o. c., pitgs. 171 y sigs.
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