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156 P. PÍO DE MONDREGA;s;Es Esto sería p'erjudicial para la misma Iglesia, porque es necesario que no todos se vayan, a fin de que en los territorios católicos haya! también sacer– dotes que conserven las posiciones conquistadas, atiendan a los fieles, susciten y cultiven las vocaciones. Se d•ebe atender a las dos cosas: conservar y con– quistar. e) La vocación misionera, dicen los defensores de esta opinión, no es nada añadido o distinto de la sacerdotal. Supone solamente en los sacerdotes una f'e más viva, un celo más ardiente, un de~prendimiento más grande, un amor más universal, etc. Pero ¿reconoC'emos en todos los sacerdotes misioneros un amor más inten– so a Cristo, una santidad mayor que en San Francisco de Sales, San Juan Maria Vianney, San Roberto Belarmino, San Alfonso María de Ligorio, San Antonio de Padua, San Buenaventura, Santa Margarita de Alacoque, San Luis Gonzaga, Santa Gema Galgani, etc.? Luego la mayor o menor santidad el amor más o menos intenso a Cristo y a las almas, es) independiente y sepa– rable de la vocación misionera. d) Insisten diciendo qu'e trabajar en el apostolado en países católicos o entre infieles o en países acatólicos supone sólo diferencias muy accidenta/es: de lugar, di5tancia, métodos, costumbres, dificultades, etc. Más adelante ve– r'emos cómo existen diferencias específicas entre el apostolado sacerdotal y misionero. No es lo mismo el trabajar en una Igl>esia ya constituida y conso– lidada de derecho común que en ,una Iglesia in fieri, que se ha de plantar, ex– tender, consolidar y conducir hasta la edad madura y poner al nivel y en las condiciones de las Iglesias en países católicos. e) Para probar su opinión aducen los: testimonios de los Sumos Pontífi– ces. Estos prueban todo lo contrario y están a nuestro favor, como veremos. Opinión negativa.--Otros autores niegan que en la vocación sacerdotal vaya incluida la misionera y defienden que se necesita una .vocación especial, ordinaria o extraordinaria, mediata o inm'ediata. Entre los defensores de esta opinión podemos enumerar al P. Fortunato (33), A. Perbal. O.M. I. (34). J. Ma– lenfant, O. F. M. Cap. (35). E. Loffeld, C. S. Sp. (3ó), M. Laguardia (37). V anzin (38). El sacerdote, por el mero hecho de serlo, no está obligado a ser misionero en el sentido verdadero y auténtico de la palabra. Para s'er misionero en tie– rra de lVIisiones propiamente dichas se necesita vocación. Es necesaria una llamada especial de Dios. Puede uno ser buen sacerdote¡ \:'.n Roma sin que sea misionero en Africa o en otra parte d•el mundo. El sacerdote debe amar a to– dos los hombres, próximos y l•ejanos; abrazar a todos los pueblos sin distin• ción de colores ni de razas; tener un corazón grande cuanto la humanidad (:i;n rocazio11e m issio11 aria, p:íg. 1n. (:t4) La i:ocazione miRsionaria, Pn 1'e11siero Jlissi1J11nrio, 1!l42, tomo XIV, pági– nas 289-:lOO; 1H43, tomo XV, págs. 1-15. (:l5) La vocatfon misionnaire. Clwi.r et pn'paration des ra11ditats, págs. 11 y sigs. (:m¡ I,e probléme r·ardinal d(' /a M-issiologie et des JI-issions catholiq1tes, págs. 295 J. sigs. 8tokweg (Holandc), 1956. (:~7) La i-acaci<ín misionera a la luz del -:::.-. '1'. !f de la teolo[lía cnMlica, en .!llisiones B.rtran jeras (Burgos), vol. IV, julio-diciembre dt> 1H55. p{tgs. 36 y sigs. (:lS) Xasce un missionario, !'arma, 1943.
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