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cómico Arzallus y en la decadencia mental de los autores del engendro jurídico hispano. Esta salvedad es de estricta justi– cia. ya que Hitler era un convencido antiabortista, si hemos de creer a H~iring, teólogo de talla internacional: no pudo acabar con el aborto. pero lo intentó con todas sus fuerzas. Causa escalofrío la frivolidad y la falta de rigor científico del enunciado gubernamental: ·'Que sea probable que el feto haya de nacer con graves taras físicas y psíquicas..." Una "probabilidad" sirve para sentenciar a muerte a los no nacidos inocentes y débiles que no tienen voz para defenderse. El Premio Nobel. Jean Rostand, ha hecho unas manifesta- ciones que hielan la sangre: ·'E,,ta sociedad expurgada, saneada, esta sociedad más dinámica. más tónica, más viril. más robusta, más salu– dable y más agradable de contemplar. esta sociedad en la cual la piedad no tendrá lugar, esta sociedad sin dese– chos, sin rebabas, donde los normales y los fuertes se beneficiarían de todos los recursos que hasta ahora se han prodigado para los anormales y los débiles, esta sociedad que reviviría España y haría felices a los discí– pulos de Nietzsche, no estoy seguro de que pudiera aún merecer el nombre de sociedad humana··. Desde el punto de vista jurídico se pide una enmienda a la totalidad por razones de principio. En rigor, se cuestiona y se niega la misma existencia de la ley por usurpación de compe– tencias. Ninguna autoridad es competente para legislar la supresión de la vida humana: "Si el derecho a la vida es anterior al Estado y a sus leyes positivas, el legislador no puede nunca legalizar el abor– to. y mucho menos contribuir a que se practique ponien– do a disposición de los abortistas fondos públicos. ya que ello supone facilitar la destrucción de la vida. Y esta legalización no es admisible en ningún caso. porque el Estado no puede disponer de la vida de un inocente ni determinar cuándo tiene derecho a vivir y cuándo no"'. 175
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