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ciones que exigen cumplimiento y colaboración. Sólo en el caso de conflictos de conciencia el ciudadano puede -y en algunos casos debe- enfr~ntarse a la ley. Por ejemplo, no podemos aceptar como cristianos la ley del aborto, que supri– me la vida de los inocentes, que mata a los seres más débiles e indefensos de la sociedad. Los buenos cristianos no podemos contentarnos con el cumplimiento de las normas, porque profesamos el Código del honor que nos vincula en conciencia con más fuerza que las leyes escritas. El deber moral nos obliga a oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar. a confesar y a comul– gar por Pascua Florida, a dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Pero el Código del honor y del amor dilata los espacios de la devoción y de la ofrenda y reza– mos todos los días, venimos a honrar a nuestra Madre, cuan– do sería mucho más confortable estar calentitos en casa o alternando con los amigos. El deber maternal obliga a cuidar a los hijos. Pero la madre sacrifica el sueño y cae de fatiga junto al hijo enfermo. María presenta su ofrenda de pobre: dos tórtolas o dos pichones por su categoría de pobre. En los anuncios divinos, a la llamada responde siempre la ofrenda: los pastores oyen la noticia de gozo del Niño Dios recién nacido y le ofrecen lo mejor de sus rebaños. Los reyes magos siguen la llamada de la estrella y abiertos sus cofres le hacen regalos de oro, incienso y mirra. En la misa, después del anuncio, viene la procesión de ofrendas en el ofertorio. La "colecta" tiene este sentido profundo de generosidad y de gratitud. Entre los actores secundarios de esta escena de la vida de Jesús nos encontrarnos con la figura venerable y simpática del anciano Sirneón. Es un hombre de Dios que ha puesto toda su esperanza en la venida del Salvador. Es un hombre de fre– cuencia de templo que vive pendiente de este acontecimiento de providencia y gracia y lo pide con fervorosa perseverancia. Sabía, por inspiración divina que no vería la muerte sin cono– cer personalmente a su Señor. Movido por el Espíritu Santo va al templo. 161
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